Lo que sucedió en Hermigua después del 18 de julio de 1936 fue una matanza, cruel y sistemática. Aquí aparecen solo una docena de los asesinados. Los señalados como peligrosos eran jornaleros, sindicalistas, maestros y políticos de izquierda. Todos fueron sometidos a una dura y larga represión. En la localidad gomera se generó un ambiente de violencia, en la que a los viejos caciques locales se sumaron activamente a militares y falangistas.
La mayor parte de los identificados los conocemos gracias al extraordinario trabajo de Ricardo García Luis y Juan Manuel Torres Vera en El Fogueo. Con testigos de la época y gracias a la foto de grupo del juicio por los Sucesos de Hermigua de marzo de 1933. La población vivió un proceso de control difícil de imaginar, que sumado a la crisis económica global y a la pérdida de ventas plataneras, amplió el número de parados, que no tenían ninguna otra forma de mantener su vida, ni otro lugar donde ir.
El Archivo Histórico Provincial de Las Palmas conserva los detallados informes elaborados por el alcalde franquista, Domingo Méndez, el 26 de enero de 1939, y por la Guardia Civil, el 8 de octubre de 1938, donde se identifican a 42 vecinos de Hermigua. Son casi el 10% de los militantes de la Federación Obrera en ese municipio, que en 1933 se calcula que superaba los 450 afiliados.
Las listas son frías y detalladas, dando datos de filiación, perfil político y personal. Solo cuatro de ellos habían sido señalados por haber participado en los Sucesos de Hermigua. Tal vez esta sea una señal que indica que la mayoría de los desaparecidos ya se habían eliminado a finales de octubre de 1936.
Los hombres que ves en la imagen son, de izquierda a derecha, en la parte superior, Manuel Casanova Medina, Vicente Valladolid Mesa, Tomás Brito Méndez, Domingo Rodríguez Henríquez, Manuel Avelino Perdomo Plasencia y Juan Martín Hernández. De izquierda a derecha: en la parte inferior, Francisco Martín Negrín, José León Piñero, Leoncio Fagundo Hernández, Avelino Navarro Méndez, Fernando Ascanio Armas y Pablo Ascanio Armas, los dos últimos hermanos. Son doce de los dieciocho asesinados extrajudicialmente en esta localidad, que incluyen una mujer y un bebé.
El primero de la lista, Manuel Casanova Medina, tenía solo dieciocho años en el momento de los sucesos de 1933. A pesar de su juventud participaba activamente de las luchas en defensa del empleo y en contra del caciquismo local. En febrero de 1933 fue detenido junto a su hermano Serafín, acusado de haber causado cortado trece racimos de plátanos en la finca denominada “Las Hoyitas”. Esta práctica era una forma de presión a los propietarios que incumplían acuerdos o se negaban a contratar a determinados jornaleros. A él lo había defendido Juan Simeón Vidarte, abogado prestigioso y vicesecretario del PSOE entre 1932 y 1939, que ya en 1931 había defendido a los campesinos de Castilblanco, en Badajoz, por unos sucesos similares. En el juicio se le acusó como encubridor de los responsables de los acontecimientos, aunque poco después el fiscal retirará esa acusación. El abogado defensor y las declaraciones de otros testigos dejaron claro que estaba en su casa, lejos del punto donde se produjo el choque violento entre guardias civiles y obreros, solo saliendo de su hogar con el ruido de los disparos y encontrándose el cuerpo de Antonio Brito, el jornalero muerto, al bajar. Manuel fue uno de los que el 28 de junio de 1934, dos días antes del juicio, firmó un manifiesto desde la cárcel en el que pedían suspender la huelga general anunciada para dos días después, coincidiendo con el inicio de las sesiones. El texto agradecía el “apoyo incondicional a estos bravos camaradas, víctimas del odio cruel de unos caciques sin escrúpulos, que con sus crímenes les llevaron a la tragedia”. Este joven fue uno de los absueltos en el proceso judicial, pero quedó señalado, siendo uno de los desaparecidos, con unos 22 años de edad.
Vicente Valladolid Mesa es el segundo. Tenía veintidós años en 1933 y era miembro de la Federación Obrera. También fue uno de los firmantes del manifiesto carcelario. Era soltero, jornalero, con instrucción, hijo de Sebastián y Encarnación, como indicaba el diario Hoy. Su abogado fue Benigno Macareño, que se centró en demostrar que Vicente no había participado de los acontecimientos de El Palmarejo y que la acusación venía de “falsas inculpaciones del testigo Nicasio León”, al que señalaba como “el cacique máximo del pueblo”. También se la había inculpado en el acto de sabotaje de la central eléctrica de Hermigua, durante las protestas. Él fue uno de los condenados a muerte, permaneciendo a la espera de esta sentencia entre 1934 y febrero de 1936. En 1935 participó de una acción solidaria desde la cárcel, donde, junto con otros compañeros, mandan una carta con una recaudación para el Hospital de Niños, asegurando que “nos es muy grato remitirle para los niños recogidos en ese Establecimiento, la cantidad de sesenta y nueve pesetas, donativo que nos ha hecho a nosotros el Gobierno, con objeto de hacerles más agradables estos días de Pascuas”. Además de Vicente la iniciativa la firmaron Policarpo Niebla Mora y Ginés Ramírez Bacindo. El primero fue un destacado pintor, caricaturista e intelectual, que había sido condenado por agresión a la autoridad, el segundo, un militante de la CNT sometido a una de las muchas causas contra las huelgas de la época, que fue una de las víctimas de los fusilamientos de 1937.
En tercer lugar tenemos a Tomás Brito Méndez, que tenía veinte años en 1933 y estaba soltero. Fue defendido por Luis Rodríguez Figueroa, que durante el proceso recordó que esos hombres y mujeres “solo salieron a la calle cuando el hambre invadía sus humildes hogares, y salieron, no sin antes pedir justicia a quienes podían y debían remediar su miseria”. Este fue otro de los absueltos en el juicio. Ricardo García Luis y Juan Manuel Torres Vera explican que tras el golpe logró esconderse bajo un montón de hierba en casa de su padre, hasta que fue localizado y posteriormente asesinado por los golpistas.
El cuarto puesto corresponde a Domingo Rodríguez Henríquez, de 21 años en 1933, soltero, con instrucción, hijo de Antonio y de Antonia. Su caso también defendido por Luis Rodríguez Figueroa, que lo definió como “un hombre bueno, de condición moral excelente, quien debido a su posición económica desahogada, puede, gracias a su generosa manera de ser, favorecer a los obreros, quienes lo llevan al seno de la Federación, donde continúa su elogiosa labor en pro de los trabajadores”. Se trata de otro de los absueltos y, junto a los hermanos Ascanio, era miembro de esa parte de la pequeña burguesía local que acompañó y apoyó la lucha contra el viejo caciquismo local. Su castigo, como el de otros, fue una muerte prematura, a pesar de haber sido declarado inocente y de su amistad con José Garrote, uno de los guardias que sobrevivió. Quizás tuvo peso en su situación la declaración que hizo en el juicio, donde señaló que “el señor Arrate prometió solemnemente que a la semana siguiente darle ocupación a los cien obreros que pedía”, señalando que el incumplimiento de su palabra fue el detonante de la explosión de rabia.
El siguiente fue Manuel Avelino Perdomo Plasencia. Fue uno de los cinco condenados a muerte en el juicio. Tenía 24 años, estaba casado y tenía un hijo. Los informes del alcalde y de la Guardia Civil ofrecen datos de su vida y militancia. El primero aseguraba que era miembro de la UGT y de la Federación Obrera, un “elemento de acción”. El segundo lo identificaba como panadero y comunista. Su abogado defensor fue José Carlos Schwartz. En el proceso lo vincularon con su pariente, Avelino Navarro Méndez, con el que estuvo, herido tras el choque de El Palmarejo, en la farmacia cercana. Sus ropas, manchadas de sangre, fueron claves para pedirles la pena máxima, junto con el señalamiento que hizo José Garrote.
Le sigue Juan Martín Hernández, que era conocido en el pueblo como “hijo del marcado”. Su pena fue de 12 años de cárcel, aunque como el resto de los condenados, fue liberado en febrero de 1936, con la victoria del Frente Popular. La dictadura no tardó en aplicarle un castigo brutal a su activismo.
Seguimos en la parte inferior de la imagen con Francisco Martín Negrín, conocido como “El cojo”, tenía 43 años en 1934 y fue otro de los que fueron condenados a muerte en el juicio, siendo defendido por el prestigioso abogado Luis Jiménez de Asúa. Tenía cinco hijos en ese momento. El informe del alcalde afirma que pertenecía a la UGT y a la Federación Obrera, siendo además una persona que “hacía activa propaganda marxista”. La Guardia Civil lo acusaba de ser comunista. En el proceso judicial lo señalaron como uno de los obreros que disparó, aunque otros testimonios lo localizaban en la sede de la Federación Obrera durante los incidentes. Una foto de 1938, procedente del libro El Fogueo, identifica a un joven llamado Juan Martín Negrín en la prisión flotante Porto Pi, en octubre de 1938, quizás su hermano.
Le sigue José León Piñero, de 22 años. Su abogado, Luis Rodríguez Figueroa, lo defendió afirmando que “se ha encartado en este asunto caprichosamente porque la única prueba que existe es la del testigo de la acusación que dice había visto a «un tal León», quién en ninguna manera es la persona de su defendido”. Fue condenado a doce años de presión en 1934 y fue uno de los firmantes del manifiesto en el que pedían detener la convocatoria de huelga general previa al juicio.
Continuamos con Leoncio Fagundo Hernández, nacido en Agulo y conocido como “El Palas”, tenía 38 años en el momento del juicio y fue defendido por Juan Simeón Vidarte. Fue otro de los condenados a muerte, acusado de haber manejado un arma y señalado por el cacique local, Nicasio León. Tras el golpe militar fue uno de los que trató de huir, refugiándose en la zona de El Cedro. Tras ser capturado los testimonios famliares indican que fue castrado y llevado a Tenerife, donde “lo desaparecieron que no se volvió más a saber de él”.
Continuamos con Avelino Navarro Méndez de 28 años, casado y con dos hijos. El alcalde franquista también identificó como miembro de la UGT y la Federación Obrera. La guardia civil dijo de él que era jornalero, que había sido militante socialista e interventor del Frente Popular y de las elecciones de compromisarios.
Finalmente tenemos a los hermanos Fernando y Pablo Ascanio Armas, dos jóvenes de la pequeña burguesía local. Ambos eran militantes socialistas de Hermigua. El primero tuvo un papel especialmente activo, llegando a ser una de las cabezas de lista del Bloque de Izquierdas en las elecciones de noviembre de 1933, donde logró más de 13.000 votos en el Norte de La Gomera, La Palma y Valle de La Orotava. Pablo no había sido acusado por el proceso de Hermigua, su hermano fue condenado a ocho años de cárcel por su activa labor en la Federación Obrera. Tras el golpe militar fueron detenidos los dos y llevados a Tenerife, donde pasaron por Fyffes. José Antonio Rial, en su novela “La prisión de Fyffes”, describe la noche en la que los militares sacaron a su hermano Pablo, casi paralizado por la artritis, negándose los fascistas a que lo intercambiaran por él, Fernando “se echó sobre el cuerpo doliente de Pablo Ascanio y se abrazó a él”, de poco sirvió el gesto, poco después “cargaron con el jergón de Pablo y se llevaron al hombre como en unas angarillas. Al alzarlo el enfermo de dolores reumáticos dio un pequeño grito, pero se reprimió”. Los datos orales conservados afirman que en enero de 1937 los dos fueron arrojados al océano en la costa de Anaga, por una de las tristemente célebres brigadas del amanecer.
La lista de desaparecidos de Hermigua la completan el maestro Enrique Bizcarri Jové, nacido en Barcelona en 1901, el bebé Jerónimo Chávez Pineda, sus padres, Antonia Pineda Prieto y Jesús Chávez Pineda, Antonio Hernández, otro de los acusados en los sucesos, y Antonio Martín Hernández, hermano de Juan Martín Hernández. La información recopilada da versiones que chocan, unos hablan de ejecuciones en el propio pueblo, otros de traslados a Tenerife. El trabajo García Luis y Torres Vera ofrece testimonios que dicen que “algunos fueron ultimados en el propio pueblo”. Otras personas afirman que “varios fueron trasladados en el Águila de Oro, conducidos a la batería del barranco del Hierro, y allí fusilados”.
El 18 de julio de 1936 es sin duda la fecha clave para que esta violencia orquestada se desatara. José Garrote, el guardia civil implicado en los Sucesos, pidió regresar a la zona y algunos lo señalan como uno de los promotores centrales de la represión. Los supervivientes cuentan como las torturas se hicieron generales, como “llegaban cuatro desalmados de esos, borrachos, a medianoche, te tocaban en la puerta y te sacaban, y sin más acá ni más allá te llevaban a un terraplén de esos y te daban una cueriza”.
El alcalde de Hermigua durante la etapa del Frente Popular, Julián Rodríguez Rodríguez, junto a los concejales Pedro García Plasencia, Fernando Barroso Mesa, Daniel Brito Brito, Manuel Rodríguez Henríquez y Pedro Barrera Rodríguez se reunieron a las once de la mañana del día del golpe con la intención de resistir, aunque ese proceso no tuvo la fuerza que se vivió en Vallehermoso, debido a que la Guardia Civil local si simpatizó desde el primer minuto con los sublevados.
La Gaceta de Tenerife del 29 de agosto de 1936 ofreció un amplio reportaje sobre lo sucedido en ese valle unos días antes, bajo la mirada de los golpistas. Indican, sin el menor reparo, que José Méndez Suárez, corresponsal de ese periódico católico en Hermigua, “en compañía de Jesús Trujillo, Miguel A. Trujillo, Alonso Trujillo y Antonio Fagundo Fragoso, formaban el Comité secreto de Falange Española en dicho pueblo, mucho antes del movimiento”. Este espacio logró movilizar a varias decenas de jóvenes, que fueron armados por la Guardia Civil, colaborando con el control de la zona y las primeras detenciones de cargos y militantes de las fuerzas obreras.
Unos pocos días después llegaron las tropas del ejército para hacerse con el control de Vallehermoso. El 16 de agosto empezó el proceso de cambio de banderas, recuperándose la anterior enseña monárquica y retirando las republicanas. Al frente del grupo promotor de este cambio de banderas estará José Garrote, que desde ese momento realizó un proceso de búsqueda y detención de “sospechosos”. Ese mismo día se desarrolló el cambio de bandera del Ayuntamiento de Hermigua, dejando una de las imágenes más rotundas del golpe de 1936 en Canarias, con el saludo romano como símbolo del nuevo régimen.
Las cárceles se llenarán de militantes y activistas. El miedo se meterá en las venas de la mayor parte de la población. Algunos de los represaliados vivieron la paradoja de ser movilizados por los franquistas al poco de salir en libertad, marchando a luchar en nombre de quienes les quitaron todos sus derechos. Es el caso de Juan Darias Brito, uno de los que fue sometido a juicio en 1934. Fue hecho prisionero, no sabemos si voluntariamente, en el frente, siendo uno de los prisioneros del cuartel de Clot del que informaron que era militante de la CNT y parece que pudo ser reincorporado al ejército republicano. Le acompañaban tres vecinos más de Hermigua, Antonio Prieto Hernández, Domingo Hernández Rodríguez y Jesús Cruz Chávez, también militante de la CNT, que deja bien claro la forma en la que la dictadura forzó a una generación de jóvenes a luchar y morir en nombre de su supuesta gloria.
Que noventa años después, encontremos a cientos de jóvenes defendiendo y justificando la dictadura en las redes sociales, sin saber el terror que generó, sin conocer los derechos y libertades que se perdieron, resulta triste y preocupante. Las instituciones, las personas dedicadas a la historia, la propia democracia, debe ayudar a que esta memoria no se borre y olvide, impidiendo que la semilla del odio y del totalitarismo siga germinando. Hoy, como ayer, miles de personas, ideas y sentimientos no caben en su mundo, algo que ya sabemos lo peligroso que es.
Fuentes utilizadas
CABRERA ACOSTA, MA ed. (2000): La guerra civil en Canarias, Francisco Lemus Editor. La Laguna pp123-124
GARCÍA LUIS, R (2003): Crónica de vencidos. Canarias: resistentes de la guerra civil, La Marea, Islas Canarias. Pp 332-334
GARCÍA LUIS, R Y TORRES VERA, JM (1986): Vallehermoso “El Fogueo”, Centro Amilcar Cabral, Tenerife.
Ascanio Gómez, R. La Larga sentencia de Fernando Ascanio: https://latadelgofio.blogspot.com/2021/06/la-larga-sentencia-de-fernando-ascanio.html
AHPLP. Informe del Comandante del Puesto del 24 tercio de la Guardia Civil de Hermigua, sobre militantes de izquierda de Agulo y Hermigua. 8 de octubre de 1938. Caja 262.
AHPLP. Informe de Domingo Méndez, alcalde de Hermigua, sobre actividades políticas y sindicales de vecinos. 26 de enero de 1939. Caja 262.
Centro Documental de la Memoria Histórica. Identificación de prisioneros en el cuartel de Clot.
La Prensa. 14 de febrero de 1933 p3
Perfil de Juan Simeón Vidarte en la Fundación Pablo Iglesias: https://fpabloiglesias.es/entrada-db/vidarte-franco-romero-juan-simeon/
Rebelión. 7 de julio de 1934. Edición especial.
Hoy. 13 de julio de 1934 p1
Gaceta de Tenerife. 27 de diciembre de 1935 p3
Gaceta de Tenerife. 9 de abril de 1933 p5
En Marcha. 7 de julio de 1934
Gaceta de Tenerife. 4 de julio de 1934 p5
Hoy. 13 de julio de 1934 p1
La Prensa. 6 de julio de 1934 p5
La Gaceta de Tenerife. 7 de julio de 1934 p3
La Sorriba. Junio de 1985 p20
La Sorriba. Mayo de 1985 pp17-18






Comentarios