Decir Fyffes durante décadas fue un mal recuerdo, una pesadilla. Hay familias que sé que hasta 1975 no se enteraron de que su padre o abuelo había pasado por esta prisión franquista, una de las mayores de Canarias. Otras se enteraron tras la muerte de sus familiares, al descubrir alguna carta o vieja foto.
El 10 de septiembre de 1936 este espacio abrió sus puertas, justo se acaban de cumplir noventa años de la puesta en marcha de un lugar que marcó tantas vidas. Los grandes salones dedicados a preparar las labores de empaquetado y cultivo de los plátanos fueron un espacio ideal, fácil de controlar, cercano a la población, pero separado, además de bien conectado con el principal lugar de fusilamiento. Los golpistas necesitaban alternativas donde retener a la ingente cantidad de prisioneros que habían generado, todos por su militancia e ideales, esta lo era.
Uno de sus habitantes, el escritor José Antonio Rial, dejó una novela donde describe, mezclando historia y literatura, su estancia en la prisión de Fyffes. Aseguraba que estos viejos salones reconvertidos en una prisión improvisada para miles de republicanos, eran “un pútrido submundo de cloacas y canalillos, donde cientos de sujetos desarrapados se agitaban, inquietos y expectantes” (1). El escritor plasmó el miedo, el horror y el dolor, desde su propia experiencia vital y la de otros compañeros de fatigas.
En los doce años de vida de este campo de concentración urbano se calcula que unos 4000 presos políticos pasaron por la prisión tinerfeña, con una ocupación máxima de 1500 personas, aunque su capacidad real se calculaba en unos 600 reclusos (2).
No fue una casualidad que la casa británica de exportación de fruta fuera un activo colaborador con los golpistas. La prensa tinerfeña da cuenta del papel que jugó durante los primeros años de la dictadura. Esta importadora de plátanos a Reino Unido surge de unas vacaciones del británico Edward Wathen Fyffe en Canarias, por el año 1887. Ese viaje le descubrió el valor de los plátanos isleños, poniendo en marcha una empresa dedicada a la importación masiva de estos productos. Esta actividad, junto con los tomates, se convertirá en un auténtico motor económico de varias islas del Archipiélago desde finales del siglo XIX a buena parte del XX. El peso de Fyffes será determinante en la economía local y sus relaciones con las viejas élites locales potenciará el caciquismo local y la miseria de una numerosa clase obrera agrícola, los jornaleros y jornaleras.
En la década de los treinta esta empresa tuvo un importante papel. Los plátanos viven en los primeros años de la II República un auténtico récord en exportaciones, con 226.297 toneladas destinadas al mercado Europeo (3). No hay duda que el peso económico de Fyffes la convirtió en una aliada natural de los sectores políticos y militares que, ante la creciente movilización obrera, verán en el golpe reaccionario una oportunidad para proteger y ampliar su negocio. Las huelgas agrícolas, como la del Valle de La Orotava, y las reclamaciones de mejoras salariales de miles de trabajadores y trabajadoras, dañaron su negocio. La reforma agraria propuesta por el Gobierno republicano también ponía en peligro las fincas en las que habían invertido. Volver a la época de impunidad y control absoluto de los patrones era una necesidad. Los resultados electorales de febrero de 1936 eran un inconveniente y como pasó después en otras latitudes con empresas, no dudarán en buscar quienes pudieran revertir esa situación.
Poco antes del 18 de julio encontramos un boicot activo contra Fyffes, protagonizado por los trabajadores de la carga blanca del principal puerto tinerfeño, con una amplia mayoría de la CNT, por el que “no pudieron embarcarse los frutos que estaban sobre el muelle” (4). Estas huelgas, sumadas a los efectos de la crisis global y a la reducción de las importaciones, es caldo de cultivo más que suficiente y sin duda una gran empresa multinacional como Fyffes no dudó en colaborar activamente en lo que pudo.
Salvador González Vázquez describe bien la situación: “Los empresarios ligados a los principales factores productivos del modelo económico canario, puertos y plátanos, se sentían atenazados por la crisis económica y por la presión de los sindicatos obreros” (5). Las condiciones para la reacción estaban dadas y los fondos necesarios fueron ofrecidos.
No extraña que el poderoso patrón de exportadores, Álvaro Rodríguez López, cediera barcos para las primeras detenciones, que el representante de la casa Elder, Mr Bellamy, cediera el alambre de espino para el campo de concentración de Los Rodeos o que Fyffes tuviera una colaboración tan estrecha con el nuevo régimen. El historiador Ramiro Rivas ofrece un buen ejemplo de esta colaboración entre las empresas extranjeras y los golpistas. Documentos oficiales indican que en agosto de 1936 la empresa privada La Tenerife Coaling Company Limited, propuso a una investigación contra diez obreros de su plantilla, pertenecientes a la CNT y UGT, a los que acusaba de bajas indebidas, usando las leyes laborales de la II República (6).
La adhesión al movimiento faccioso, se hizo de diversas maneras. Un estudio profundo de la documentación de la época y de algunos de sus protagonistas estoy convencido que dará datos que explicarán, por ejemplo, la numerosa presencia de representantes de esta empresa en fechas próximas al golpe.
El Gobierno británico probablemente no era ajeno a los movimientos de Fyffes,que cedió sus salones en la capital tinerfeña y cumplió con la legitimación de la nueva sociedad. Sabían que los franquistas se alineaban con los peligrosos elementos del nazismo y el fascismo italiano, pero posiblemente lo veían menos problemático que un gobierno que apostaba por avanzar en derechos laborales y sociales.
La empresa, apenas dos semanas después del golpe, ya anunciaban su intención de donar 100 piñas de plátanos semanales para los comedores infantiles de Tenerife (6). No solo eso, incluso en los primeros momentos cedieron espacios para facilitar las labores de control político y militar, es el caso de los salones cedidos en Hermigua para instalar a los militares llegados para la toma de Vallehermoso y los puntos donde se aglutinaban más militantes y sindicalistas próximos al Frente Popular (7). Otro ejemplo fue la entrega de los salones de la empresa en el Puerto de la Cruz, usados como cuarteles de Falange en la localidad (8), donde la presencia de simpatizantes de las fuerzas del Frente Popular era muy importante.
Esta colaboración se mantuvo constante durante los primeros meses del nuevo régimen, sumándose a las de otras empresas y entidades. En ese mismo mes los medios escritos recogen las visitas al Comandante Militar de Canarias, máximo representante del nuevo poder, del cónsul británico y del representante de la Casa Fyffes. No son los únicos poderosos que pasarán por la sede del poder político-militar, pero queda claro el importante papel de la empresa que hace la visita en compañía del representante del Gobierno británico (9).
El fracaso del golpe y la importante fuerza de los territorios bajo control del gobierno legítimo hizo temer por su éxito. En el verano de 1936 los cientos de reclusos de organizaciones obreras y republicanas suponían una preocupación extra. El 4 de agosto la Comandancia Militar limitó los envíos de cartas, alimentos o artículos de higiene a los prisioneros. Aseguraban que “los contumaces de la revolución social con una innoble actitud demostrada en las cartas recogidas, haciendo alardes jactanciosos y confundiendo la nobleza de intención con debilidad” (10). Quedaba clara la preocupación existente.
Algunas familias consideraron que detrás de esta medida se escondía la voluntad de ocultar epidemias o problemas de salud que afectaban a parte de la población reclusa. A pesar del férreo control de la prensa, las autoridades militares se vieron obligadas a afirmar que “para conocimiento de las familias de los detenidos que se encuentran en la prisión flotante, Castillo de Paso Alto y prisión anexa al Cuartel de Caballería de esta Plaza, se hace público que el estado sanitario del personal es excelente” (11).
La apertura de la cárcel, denominada oficialmente como Prisión Costa Sur, respondía a la necesidad de agrupar y hacer más sencilla la labor de controlar a los prisioneros. Por su ubicación en la periferia urbana y por su tamaño se convirtió en un auténtico campo de concentración urbano.
El socialista grancanario. Antonio Ojeda Medina ofrece un recuerdo del lugar al que fue trasladado junto a otros compañeros, que recuerda a los relatos de quienes pasaron por los campos de la Alemania nazi. Al llegar al penal, de noche, no tenían ni donde echarse, aseguraba en una entrevista “estábamos hacinados en tres almacenes más de 3.000 hombres, invadidos por las chinches. Eran cuatro las «dependencias»; la primera se destinaba a la guardia, oficinas, visitas y celda para los condenados a muerte; los restantes eran para alojamiento y se les llamaba Caballería, Flotante y Guano. Había mucha madera para hacer cajas de tomates; con ellas nos fabricamos unos tableros a modo de cama. Teníamos que dormir con los cuerpos casi pegados por la estrechez” (12).
Los prisioneros, que habían pasado mil penalidades en espacios más precarios todavía, vivían esperando noticias del exterior. Soñaban con acciones heroicas que implicaran la llegada de tropas republicanas a liberar Canarias. También sufrían ante las informaciones que avisaban de la posible entrada de Franco en Madrid, como recordó el palmero Leoncio Pérez Lorenzo, “dentro de Fyffes se lloraba la rabia y desesperación” (13).
El penal sirvió para retener, pero también como forma de tortura colectiva, una violencia constante que quebraba la voluntad y las ilusiones de quienes entraban en esa maquinaria.
Los presos que llegaban de la prisión flotante fueron los primeros en llegar. Les seguirían los de Caballería. Los salones se fueron ocupando en orden y acabarían siendo bautizados en base a sus residentes iniciales, quedando el tercero, el guano, usado anteriormente como almacén de este apestoso producto agrícola, que mantuvo ese aroma impregnado hasta el final de su uso. El médico Bethencourt del Río descrbió en sus memorias el espacio: “Uno de los dos salones de construcción moderna, paredes muy altas, piso de cemento y techo de Uralita, estaba ocupado ya por los de Caballería. Para nosotros, los de la Flotante, estaba destinado el otro semejante, en uno de cuyos extremos se estaba terminando de improvisar ocho duchas sin puertas, doce retretes, que se habrían de usar a la vista de todos y un lavadero para los platos. El tercer salón, viejo, de piso empedrado, y paredes bajas, que había sido depósito de guano, fue, al principio, ocupado para fumador. Luego, también, fue ocupado y bien pronto lleno” (14).
Fyffes en la memoria colectiva fue un espacio marcado por la muerte. No solamente salían los que iban a ser ejecutados tras las farsas de los juicios sumarísimos, noche tras noche, los falangistas llegaban a buscar nuevas víctimas de las desapariciones extrajudiciales.
Un testimonio recogido en 1977 recuerda como se vivieron los fusilamientos de enero de 1937: “Una noche sacaron a diecinueve, allí en Fyffes, para fusilarlos por la mañana. Nadie dormía. A las seis sentimos los disparos y todos allí —a Leonardo Peñate se le saltan las lágrimas cuando lo recuerda— con los puños cerrados y sin hablar. Media hora después llega un camión, echa el remolque y allí los soltaron a todos, la sangre salía como un chorro. Y detrás venía otro coche con unos caras riéndose y comentando que si éste cayó así, y el otro no aguantó, y no sé qué. Me dieron ganas de reventarlos” (15).
Las familias también eran víctimas. La escritora canario cubana, Nivaria Tejera, recordaba su infancia, con tres o cuatro años, bajando desde La Laguna hasta la prisión donde encerraron a su padre, el brillante Saturnino Tejera, “me veo a mí misma cruzando el puente de Zurita, todo aquel recorrido neurotizante para saber de mi padre” (16).
El maestro Antonio Ojeda Medina recordó lo vivido entre los muros de la prisión “¡Cuántas cosas ocurrieron en mi estancia en Fyffes! Desapariciones nocturnas en grupos de seis, siete, nueve y hasta 17 hombres en noches sucesivas, para ser llevados a un barco que tenían preparado donde les daban muerte y luego los arrojaban al mar con piedras atadas y metidos en sacos” (17).
En ese escenario de dolor y muerte se vivía un día a día de control social y político. Cualquier mecanismo era eficaz. Al mismo tiempo que sus captores sacaban prisioneros noche tras noche, que eran desaparecidos, organizaban actos como misas de campaña con las que tratan de adoctrinar a sus víctimas. El periodista tinerfeño Antonio Martí narró este acontecimiento, ofreciendo datos como que había en ese momento 1200 presos, divididos en grupos de 25 hombres, con sus jefes. La descripción trata de evidenciar calma y orden, aunque deja perlas como esta: “En el salón que cruzamos está formada una Sección de Infantería. Frente a la puerta, enfilada a su marco, hay una ametralladora.. Dentro, un pasillo de rejas y al fondo una alambrada. Todo da la sensación plena de una completa seguridad” (18). En la primera etapa se identifica al capitán José García Martín como el responsable militar del penal.
El lagunero Martín Peña plasmó sus recuerdos sobre lo vivido en Fyffes: “Esto ya era el remate. ¡Que asco y desvergüenza!... era una autentica guarrería y de una pestilencia que trastornaba los sentidos […] la comida un pésimo rancho que ni para cerdos… el pringue de las perolas, la suciedad de rancheros y ayudantes” (19). El herreño José Padrón Machín afirmaba que los encarcelados "eran muy numerosos, varios centenares, escasamente alimentados y durmiendo todos muy apretados en un suelo inundado de chinches" (20), Rial explicó cómo “olía intensamente a humedad y a pan agrio, los colgajos que entrapajaban el gran almacén, en penumbra; lo pegajoso del suelo, chancleteado por cientos de pies calzados con «cholas» de madera, y la alborotadora multitud en incesante bullir, daban al antro, a primera vista, una expresión brutal, entre infernal y alegre, como si fuese un purgatorio en llamas” (21).
En ese espacio esperaron no morir, no enfermar y no ser olvidados por sus familias. Jóvenes de distintas islas se unieron en ese dolor colectivo y trataron de resistir con los escasos medios disponibles. Los muros acogieron una universidad popular improvisada, donde los que sabían de alguna materia la compartían con sus compañeros y amigos. No era fácil la convivencia. Juan Vega Yedra recordó como, esas “tres naves con capacidad para alojar, cuando mucho, cuatrocientos reclusos, permanecíamos encerrados unos mil trescientos hombres (a mil cuatrocientos llegaron en alguna ocasión). No era posible caminar sin tropezar con alguien, moverse sin molestar a otro compañero” (22).
El lugar siguió usándose hasta avanzados los años cuarenta. Incluso algunos falangistas y caciques dieron con sus huesos en este lugar, durante las fases de purgas internas de la dictadura.
Los centenares de presos tuvieron que organizar su tiempo para que los días pasaran con algo más de prisa. La mezcla de jornaleros, obreros, maestros e intelectuales generó una auténtica academia improvisada. El lagunero Antonio García, de las Juventudes Libertarias, explicó muchos años después como figuras como Jacinto Alzola, Ramón García Rojas y Juan Régulo, presos como él, promovían la realización de clases, además de la lectura. Entre los presos incluso llegaron a poner en marcha un periódico improvisado y clandestino, elaborado entre artistas como Policarpo Niebla y Antonio Torres, además de Tomás González, hermano del futuro alcalde de La Laguna, Pedro González (23).
Las paredes de Fyffes se mantuvieron en pie hasta avanzados los años ochenta, cuando sobre su solar se emplazaron nuevos edificios y se borraba un recuerdo incómodo. En 1977 todavía acogió uno de los primeros homenajes a las víctimas de la CNT asesinadas. En 1999, impulsado por el Colegio Montessori, se realizó una escultura realizada por la artista tinerfeña, María Belén Morales, que ha quedado como mudo testimonio de las penurias por las que más de cuatromil vecinos pasaron bajo los techos de zinc de uno de los mayores penales de Canarias.
En una sociedad normal y avanzada hubiéramos visto actos de conmemoración y recuerdo en las últimas semanas. Habríamos abordado colectivamente la historia y la memoria de este lugar, pero por desgracia no lo somos.
Fuentes consultadas:
Rial, JA (2003). La prisión de Fyffes. Centro de la Cultura Popular Canaria. Arafo, 2003 p.19
León Álvarez, A. coord (2015). La represión franquista en Canarias. Le Canarien. Santa Cruz de Tenerife. p.p.223-224
Suárez Bosa, M, Martínez Milán, J, Luxán Menéndez, S, Solbes Ferri, S. Auge y crisis de los productos de exportación en el primer tercio del siglo XX en Canarias. Boletín Millares Carlo. 1995. p.107
La Prensa. 11 de junio 1936. p2
González Vázquez, S. (2007). La evolución de las derechas en Canarias durante la II República. Revista de Historia Canaria, Año 2007, Número 189, pp.37-73
Rivas García, R. (2015) La Guerra Civil en Tenerife (1936-1939). Tesis Doctoral de la Universidad de La Laguna. 2015
Gaceta de Tenerife. 26 de agosto 1936. p.5
La Prensa. 3 de octubre de 1936 p2
Gaceta de Tenerife. 26 de agosto 1936. p.5
Gaceta de Tenerife. 4 de agosto de 1936 p8
Gaceta de Tenerife. 12 de agosto de 1936 p4
León Barreto, L. Antonio Ojeda Medina, superviviente de La Isleta, Fyffes y Gando. Suplemento Especial Domingo del periódico La Provincia el 18 de septiembre de 1983 pp21-22
Rivas García, R. (2015). Op cit pp909-910
Interviú. 25 de agosto de 1977 pp24-27
La Provincia. 9 de febrero de 1983 p8
León Barreto, L. Op cit
La Prensa. 17 de noviembre de 1936 p3
Martín Peña, M (2014). Sin rencor. Memorias de un republicano. Le Canarien. La Orotava. p26
Rial, JA (2003). p27
El Burgado. 15 de septiembre de 1993 p21
Rivas García, R. (2015). p915
Diario de Avisos. 1 de diciembre de 1996 p29








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