Los testigos de la época dicen que Buenaventura Durruti emocionó hasta las lágrimas a buena parte de las cuatro mil personas asistentes al gran mitin que dieron en la Plaza de la Paz de Santa Cruz de Tenerife el 2 de septiembre de 1932. Acababan de llegar en el “Ciudad de Cádiz” tras una pequeña odisea en la que de forma ejemplar se quiso castigar a tres decenas de militantes anarquistas, acusados de ser responsables de la insurrección Alto Llobregat (Cataluña), a principios de ese año. La imagen es poderosa, con un Durruti que señala al cielo con rabia, un momento que dejó una honda huella en la memoria colectiva de la clase obrera tinerfeña. La República había traído esperanzas de cambio, en especial para los sectores sociales más olvidados y maltratados, que para las organizaciones revolucionarias significaba una posibilidad real de trascender a una fase más avanzada de la sociedad. Durante esos años, en varias ocasiones, hubo intentos de huelga revolucionaria en algunos de los te...