Algunas personas, por edad, tendrán el recuerdo de juventud de guateques, de una infancia tranquila en blanco y negro, quizás simplifiquen recordando su juventud o un tiempo que sólo conocieron por relatos, con mucha mala memoria, de sus padres o sus abuelas, o de su tiktoker de confianza. Para mí, estudiando y averiguando entre tantos recuerdos familiares y libros, el 20N fue el principio de un punto y aparte. Esos cuarenta años en mi entorno fueron los hermanos Pablo y Fernando Ascanio, primos de mi abuelo, arrojados al océano por soñar que los trabajadores de Hermigua podrían tener educación pública, libertad de pensamiento y salarios dignos. A mi abuelo, preso dos veces, la primera por pegar carteles por la democracia y la segunda por haber salido en un barco clandestino de emigrantes, que logró escapar de la Guardia Civil para ir rumbo a Venezuela. La de su primo, Guillermo Ascanio, y el marido de su prima, Gabriel Mejías, fusilados en los muros del cementerio del Este de Madrid...