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14 de abril de 1931: el día en que Canarias despertó republicana


La próxima semana se cumplirán 95 años del 14 de abril de 1931, el día en que la II República se proclamó. El resultado de las elecciones municipales del domingo doce había dejado un importante triunfo de las fuerzas republicanas en muchas de las principales capitales, abriendo una etapa de optimismo e ilusión en amplios sectores de la población. Alfonso XIII, cargado de escándalos de corrupción, marcado por haber dado alas a la dictadura de Primo de Rivera y la Guerra de África, se marchaba del país.

La mañana de ese día había amanecido en Canarias como tantas otras, con la rutina de una jornada laborable y el interés por saber qué había pasado en las elecciones municipales. A medida que avanzaban las horas, el rumor fue creciendo, desbordando calles, cafés y plazas: la Monarquía había caído. Nacía una nueva etapa. La isla se preparaba para vivir uno de los días más intensos de su historia contemporánea.


Con la caída de la dictadura se abrió un proceso de reorganización obrera y crítica social. Periódicos obreristas, sindicalistas y republicanos, como Altavoz, En Marcha, Decimos o Espartaco aparecieron o se recuperaron. Las demandas y la reorganización de partidos y sindicatos avanzaban sin parar. Las elecciones municipales mostraron su fuerza en especial en los núcleos urbanos y amplios sectores de la pequeña burguesía y la clase obrera. En el Casco lagunero las candidaturas republicanas habían logrado 721 votos, frente a los 640 de los monárquicos. En las mesas electorales chicharreras la victoria republicana había sido abrumadora, con 23 concejales republicanos y tres socialistas, frente a cinco liberales y cinco monárquicos.

La primeras banderas republicanas empezaron a ondear pronto. Una de las primeras de la Isla, posiblemente la más temprana, en el balcón del Ateneo de La Laguna, que desde el mediodía del 14 de abril ya lucía en el mástil de su fachada. En Santa Cruz las noticias que llegaban de la salida del monarca al exilio generaban alegría. Desde las doce grupos de ciudadanos comenzaron a concentrarse en los puntos neurálgicos, especialmente en torno al Gobierno Civil y a la sede de la Juventud Republicana, junto a la Plaza del Príncipe. Banderas tricolores aparecieron en balcones y coches, mientras el comercio cerraba sus puertas y el trabajo se detenía. No era una jornada cualquiera: era el nacimiento de un nuevo tiempo.

Como plasmó la crónica del periódico La Prensa del 15 de abril, “se organizaron espontáneamente diversas y nutridas manifestaciones de los elementos antidinásticos que, portando banderas republicanas y rojas, daban entusiastas vivas a la nueva forma de Gobierno”. La banda sonora de esa jornada la pusieron las bandas de música municipales, que entonaron en varias ocasiones La Marsellesa. En el caso de Santa Cruz, la Masa Coral Tinerfeña, ligada a la Juventud Republicana, sacó sus banderas y emblemas a la calle, ocupando la primera fila de algunas de las marchas ciudadanas republicanas. Desde las tres recorrió toda la ciudad una caravana automovilística promovida por la Agrupación Socialista Tinerfeña, siendo uno de estos vehículos, con gente portando una bandera y tocando la corneta, una de las imágenes más utilizadas para recordar este día.

La emoción colectiva encontró pronto voces que la canalizaran. Entre ellas destacó la de Andrés Orozco, figura central del republicanismo tinerfeño y cabeza visible del Partido Republicano que había logrado la mayoría de las actas en la capital. Abogado brillante y político experimentado, Orozco encarnaba ese perfil de dirigente cercano al pueblo pero consciente de la responsabilidad histórica del momento. Cuando se asomó al balcón de la Juventud Republicana, la multitud lo recibió con vítores ensordecedores. Sin embargo, lejos de dejarse arrastrar por el entusiasmo desbordado, su mensaje apeló a la serenidad: había que celebrar, sí, pero con orden, dando al país una imagen de civismo.

Discursos en los balcones del Ayuntamiento chicharrero

Ese equilibrio entre emoción y responsabilidad marcó toda la jornada, con llamamientos a la calma y a no cometer incidentes que provocaran una reacción contra lo que acababa de nacer. Porque si algo caracterizó la proclamación de la Segunda República en Tenerife fue la ausencia de violencia. La alegría se expresó en manifestaciones multitudinarias, en canciones, en abrazos improvisados entre desconocidos. Pero también en un compromiso colectivo con la tranquilidad pública, una actitud que los propios líderes republicanos se encargaron de reforzar en cada intervención.

El Partido Republicano Tinerfeño era una mezcla transversal de la burguesía urbana y comercial, con sectores de otras clases sociales, había sido voz central de la lucha contra la división provincial y cara visible del insularismo en la isla. Las fuerzas obreras no acababan de confiar en sus intenciones reales, aunque sabían que el paso de un cambio de sistema era positivo y favorecía futuros avances. La Federación Obrera tinerfeña, con un gran poso de los sectores anarquistas, no dudó en trasladar un manifiesto público en la prensa. Ya el 15 de abril de 1931 dejaron claro que “La República que acaba de proclamarse no debe ser una República conservadora. Con el simple cambio de una corona por un gorro frigio, quedarían defraudados los anhelos del pueblo, que aspira a una República francamente federal”. Por su parte, la directiva del Partido Republicano animaban a celebrar el cambio con calma, “...conservando el orden, impidiendo todo ataque contra la propiedad y manteniendo la paz pública”.

La multitud se dirigió al Ayuntamiento. Allí, Orozco, que sería elegido alcalde al día siguiente, volvió a tomar la palabra, esta vez con un tono más solemne. Su discurso, cargado de emoción, dejó claro que aquel no era solo un cambio político, sino una conquista moral: la del orden basado en la libertad y la justicia. Dijo que quería que fuese en “el Ayuntamiento, por ser la Casa del Pueblo, donde primero ondease la bandera republicana”. La enseña tricolor comenzó a ondear en el edificio consistorial, desatando una nueva ovación.

Tras él, otro protagonista de la jornada, Bernardo Chevilly, aportó una dimensión histórica y casi íntima al momento. Periodista, masón y veterano defensor del ideal republicano, Chevilly habló desde la emoción de quien había esperado toda una vida para ese instante. Evocó a los viejos republicanos, a los que ya no estaban, y recordó las luchas pasadas que habían hecho posible aquel presente. Con voz emocionada dijo que “...aprendió a sentir y querer la Democracia y la República de aquellos hombres insignes del republicanismo, ya desaparecidos, que se llamaron Pulido, Suárez Guerra, Azcárate, Calzadilla, y tantos otros”. A pesar de sus ideales, el franquismo no logró borrar sus nombres de algunas de las principales calles de la ciudad.

En el Gobierno Civil, se desarrollaron acontecimientos igualmente decisivos. Antonio Lara, uno de los líderes más influyentes del republicanismo tinerfeño, asumía la responsabilidad de dirigir la provincia en nombre del nuevo régimen. Un veterano republicano como Lara, al frente del Gobierno Civil, simbolizaba la institucionalización de aquella jornada popular. Nunca se lo perdonarían y tendría que acabar sus días en el exilio mexicano.


Cuando se dirigió al público desde el balcón del Gobierno Civil, su mensaje fue claro, pidiendo mantener la calma y sostener el nuevo orden con esfuerzo colectivo. Sus palabras, interrumpidas por aplausos, reflejaban la conciencia de estar inaugurando una etapa cargada de desafíos.

La ciudad, entretanto, era un hervidero. Por la tarde se organizó una manifestación, “al frente de la cual figuraban las banderas de la Juventud Republicana y de la Masa, Coral Tinerfeña, siguiendo otras banderas rojas”. Las marchas fueron sumando cada vez más participantes. Mujeres, trabajadores, jóvenes… todos parecían encontrar su lugar en aquella celebración. Las banderas tricolores ondeaban en coches, balcones y edificios emblemáticos, resonando la Marsellesa como símbolo universal y acompañando el entusiasmo.

El comité revolucionario de gobierno provisional que proclamó la República en las Palmas. En el centro, el presidente don Rafael Guerra del Río, y en tomo suyo los señores Lísón, González, Valle y Gracia y el presidente de la Federación Obrera.

En otros puntos de las islas la celebración fue similar. En la capital de Gran Canaria se constituyó un comité revolucionario, con el exdiputado Rafael Guerra del Río al frente, que, como contó en el diario Crónica, logró “la adhesión de la guardia municipal, izamos la bandera tricolor y arrojamos a la calle los retratos del rey”, en la misma tarde del catorce, siendo una de las primeras capitales en proclamar el nuevo tiempo. En el Puerto de la Cruz una manifestación recorrió la ciudad desde las seis de la tarde. La cabecera la ocupaba una bandera que había estado en el Ayuntamiento portuense durante la breve I República de 1873, que conservaba la familia de Luis Rodríguez Figueroa. Durante la noche se repitieron las manifestaciones y celebraciones, esta vez en lugares como La Orotava y Los Realejos, donde la presencia de sectores republicanos y obreros era muy importante.

Pero más allá de la fiesta, lo que quedó grabado en la memoria fue la sensación de dignidad colectiva. Incluso el traspaso de poderes se realizó con respeto, en un ambiente de reconocimiento mutuo. Las autoridades salientes abandonaron sus cargos entre aplausos, en un gesto que reforzaba la idea de una transición pacífica. Qué diferente sería todo cinco años después.

La proclamación de la Segunda República no fue solo un episodio político. Fue una experiencia compartida, un momento de comunión ciudadana en el que convergieron décadas de aspiraciones. En el centro de esa jornada, figuras como Orozco, Chevilly y Lara supieron interpretar el sentir de su tiempo: dar voz a la esperanza sin perder de vista la responsabilidad, mientras que el movimiento obrero y los sindicatos arropaban las marchas, aunque con las prevenciones y con la mirada en las luchas que estaban por venir para lograr mejoras reales en la vida de la mayoría. No tardarían en aparecer tensiones y diferencias con las nuevas autoridades republicanas, aunque ese catorce de abril fuera tuviera la fraternidad como una de sus señas.

Avanzada la noche del catorce de abril la bandera republicana ya estaba en el balcón del Gobierno Civil, como máxima institución del poder en la Provincia. Tampoco lo era España. En las calles aún resonaban los vítores, pero también empezaba a abrirse paso una conciencia más profunda: la de que el futuro, por primera vez en mucho tiempo, dependía de un esfuerzo colectivo.

Primera institución tinerfeña con la bandera republicana, el Ateneo de La Laguna

Fotos: Fotos Antiguas de Tenerife, Crónica y recreación
Fuentes consultadas

  • Cabrera Acosta, MA (1991). La II República en las Canarias Occidentales. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife.

  • Crónica. 17 de mayo de 1931. p9

  • El Progreso. 17 de abril de 1931 p2

  • La Prensa. 14 de abril de 1931

  • La Prensa. 15 de abril de 1931

  • Gaceta de Tenerife. 15 de abril de 1931

  • Las Noticias. 16 de abril de 1931

  • El Progreso. 16 de abril de 1931

  • La Prensa. 17 de abril de 1931


Quitando el escudo monárquico del Gobierno Civil (coloreada)

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