Por décadas, el nombre de María Rosa Alonso fue un referente constante, ligado a la historia cultural de Canarias como una figura imprescindible, incómoda a veces, pero siempre lúcida. Una mujer, nacida en Tacoronte en 1909, que quiso quebrar los límites que se imponían a las mujeres en su época. Su trayectoria, reconstruida a través de crónicas, artículos y referencias dispersas en la prensa, revela no sólo la evolución de una intelectual comprometida, sino también el pulso de un tiempo marcado por la República, la guerra y el exilio.
Las primeras huellas documentales de María Rosa Alonso aparecen en la prensa tinerfeña de los años veinte. En 1923, aún estudiante, figura entre el reducido grupo de alumnos destacados del Instituto de La Laguna, seleccionados por su “aplicación, aprovechamiento y buena conducta”. Apenas un año después, su nombre vuelve a aparecer vinculado a calificaciones de excelencia, preludio de una trayectoria académica brillante.
En 1925 ya había completado el cuarto curso de Bachillerato, y en 1926 obtuvo resultados notables en la Escuela Normal de Maestras. Estos datos, aparentemente administrativos, permiten vislumbrar a una joven que, en una época en la que el acceso femenino a la educación superior era todavía limitado, comenzaba a abrirse paso con determinación. En su casa veía el ejemplo de su hermano, el periodista Elfidio Alonso, intenso defensor de la causa republicana, o su madre, la maestra Rosalía Rodríguez Núñez, que durante muchos años trabajó en la graduada de La Laguna. Quizás ese entorno contribuyó a que pudiera romper los estrechos límites del género. A partir de 1930 sus crónicas serán una de las escasas voces de mujeres en la prensa republicana en Canarias, colaborando en medios republicanos y contestatarios como En Marcha, Altavoz y, el periódico promovido por su hermano, Proa, además de otros medios republicanos. No fue fácil dar ese paso para ella. Durante esos primeros años usó la firma de María Luisa Villalba, ya que como ella misma dijo “era una chiquilla con veinte años y firmé con seudónimo, porque me daba vergüenza”. Muchos la podrían definir como la primera mujer periodista en Canarias.
La década de los treinta marcó su despegue como figura relevante de la vida cultural tinerfeña. En 1932 participó activamente en la fundación del Instituto de Estudios Canarios, una institución clave para la investigación histórica y cultural del archipiélago. Su papel no fue menor: actuó como secretaria de la comisión organizadora y participó en los actos fundacionales, algo poco habitual para una mujer en la década de los treinta.
Su voz comienza a consolidarse también en la prensa. Sus artículos, publicados en diarios como Hoy o La Prensa, reflejan una mirada crítica sobre la realidad insular. No se limita a la crítica cultural. Sus textos abordan cuestiones sociales, políticas y económicas con una independencia poco habitual. En plena efervescencia republicana, reflexiona sobre la modernización, la cultura y el papel de la juventud, evidenciando una conciencia generacional marcada por el deseo de transformación.
A medida que avanza la República, su escritura se vuelve más incisiva. En artículos de 1934 y 1936 denuncia la falta de valores, la crisis moral y el deterioro del debate público. “Para vivir no es menester ciencia, pero sí cultura”, escribe, reivindicando la formación intelectual como base de una sociedad auténtica. En plena campaña para las elecciones de 1936, como estudiante en las calles de Madrid, destacaba los panfletos y carteles de “la Confederación Española de Derechas Autónomas es la única entidad política que ya hace propaganda de sus ideas. Pero no defiende a sus hombres. Este partido de orden señala en sus pasquines lo que son cada una de las personas que no pertenecen a sus filas”. Quizás, sin saberlo, anunciaba el tiempo que estaba por venir a partir de julio de ese mismo año. Solo tres años antes, en diciembre de 1933, ya había avisado del giro que estaban dando los sectores conservadores, “hoy, ya las derechas no son conservadoras, son revolucionarías, extremistas”, no se equivocaba en sus advertencias.
Su compromiso se extiende también al ámbito literario e investigador. En 1936, junto a estudios sobre la literatura de Gustavo Adolfo Bécquer, ampliamente elogiado por la crítica, continúa colaborando en proyectos colectivos ligados a la historia del Archipiélago, como publicaciones sobre la presencia canaria en América.
El estallido de la Guerra Civil truncará ese impulso. Ella misma recordó en los años ochenta esos días. La casualidad quiso que le coincidiera en Tenerife, donde estaba pasando unos días de vacaciones de sus estudios. La nueva sociedad no veía con simpatía una mujer activa intelectualmente. Como ya comenté, María Rosa Alonso expresaba cómo vivió la victoria franquista como un retroceso enorme. Como recordó en 1996, “me quedé en La Laguna, sin un céntimo, y con una persecución política muy fastidiosa”. Una mujer que soltera, intelectualmente avanzada e independiente, en una sociedad donde se promovía todo lo contrario, como ella misma decía quedó marcada: “un poco, mucho, bastante, demasiado, como decía el inglés. María Rosa Alonso es una buena persona pero es roja”. En esos años tuvo que sufrir “que la gente no me saludara, porque mi familia era “roja”. Mi madre y mi hermana eran maestras, las castigaron bajándole el sueldo”.
Su hermano, el diputado de Unión Republicana, Elfidio Alonso, permaneció durante la Guerra Civil en territorio republicano, dirigiendo la edición madrileña del ABC. Como tantos otros, tuvo que salir como un exiliado más en la masiva retirada de 1939.
Entre julio de 1936 y los años cuarenta su presencia en la prensa y actos culturales se redujo notablemente. A esto se sumaba los ataques de ciertos periodistas que querían congraciarse con el nuevo régimen, caso de Víctor Zurita. A pesar de la luz de gas que sufrió, María Rosa Alonso continuó estudiando, escribiendo e investigando. Nunca pudieron domar su curiosidad. En 1944 publicó Un rincón tinerfeño, dedicado a la Punta del Hidalgo y su figura es reconocida como una de las más destacadas de las letras insulares. En 1942, a pesar de las reticencias, se incorporó a la Universidad de La Laguna como profesora, consolidando su perfil académico. Sin embargo, las limitaciones ideológicas del régimen condicionan su carrera, impidiéndole alcanzar plenamente sus aspiraciones.
Esta realidad alcanzó un límite en los años cincuenta, donde se tuvo que aplicar un autoexilio. Aseguraba que “... si me hubiera quedado aquí, hubiera tenido que estar viviendo siempre a la sombra ¿no?...(...) por “roja”, en fin, por eso que llamaban “roja” que nunca supe lo que era”. En 1953, en un contexto de asfixia intelectual y política, decide marcharse a Venezuela. Este traslado no supone una ruptura, sino una ampliación de su horizonte. En la Universidad de Los Andes desarrolla una intensa actividad docente e investigadora, centrada en la filología y la cultura hispánica. Durante esa estancia en América, Alonso se convirtió en una auténtica embajadora cultural de Canarias.
A su regreso, María Rosa Alonso continuó activa durante décadas, sumando en su larga vida numerosos reconocimientos. Su obra, que abarca desde estudios literarios, trabajos sobre nuestra historia, hasta artículos periodísticos, constituye un testimonio fundamental para entender la evolución cultural de Canarias en el siglo XX.
Sus ideas avanzadas y su voluntad de tratar todos los temas, incluso los que podían resultar incómodos, la acompañaron. Como la definió Julio Cruz, fue hasta el final una ciudadana rebelde. Con más de ochenta años escribía en la revista Lancelot “péguenle duro a esos capitalistas que se están tragando una Isla tan maravillosa como Lanzarote. ¡Duro con esa gente!”. Falleció con más de un siglo de vivencias a sus espaldas, con la mente lúcida y un legado inmenso, demostrando que ni la dictadura la pudo doblegar. María Rosa Alonso, ya centenaria, murió en Tenerife el 27 de mayo de 2011.
Transcribo a continuación el elocuente artículo escrito por María Rosa Alonso, bajo el seudónimo de María Luisa Villalva, publicado en el periódico madrileño Crisol en su edición del 28 de mayo de 1931
La cruzada contra el caciquismo
Hasta en los más apartados rincones de España sienten los buenos republicanos el temor que tantas veces hemos denunciado en nuestras columnas: la supervivencia del caciquismo y la infiltración de las más torpes mañas del régimen caído.
He aquí parte de unas cuartillas de una distinguida escritora, que nos traza vigorosamente el panorama político tinerfeño. Doloroso es el cuadro. Pero aún es más dolorosa la reflexión que nos sugiere: se quiere que toda España sea Tenerife.
El egregio grito de don José Ortega y Gasset a las provincias, desde Segovia, fue oído por mágico altavoz en toda España. En la España vital, que ansiaba hace ya tiempo el nuevo Estado libertador. La República significaba para sus fervorosos, antes del día 14, la oposición al entonces actual estado de cosas. Significaba una ascensional evasión de la atmósfera putrefacta, maloliente, que despedía el organismo de la monarquía, mezclado con un penetrante olor a incienso.
La esperanza de la triste España del 98, iba a florecer en un Gobierno cuajado de promesas. El fin de siglo, saturado de negruras y presidido por la honda melancolía que produjo a la juventud las derrotas de Cavite y Santiago de Cuba; por ver marchar, diremos con Antonio Machado, a «un siglo que, vencido, sin gloria, se alejaba», echaba al vuelo las alegres campanas: Ha fenecido la España oficial; de las oficinas burocráticas, de las cárceles de provincias anexas a la Escuelita Nacional. El cacique del villorrio, el secretario, el cura del lugar no daría más mítines políticos. Y el «alba que entrar quería» se trocaba en luz cenital.
Pero la ciudad no ha entendido el problema del campo. Y el Gobierno de la República no se ha detenido mucho en él. Y mientras en las capitales el nuevo Estado ha llegado, el campo espera aún su presencia.
Los caciques rurales de Tenerife, los amparadores de criminales, verdugos del obrero, coaccionadores, enemigos de la Escuela, elementos integrantes del antiguo régimen que compuso la farsa Cánovas-Sagasta autorizada por la Constitución del 76, han formado la derecha republicana y son los amigos incondicionales del señor Alcalá Zamora. Y mientras la España juvenil trabajaba como sabía y podía en la Prensa, soportando una aldeana censura, cuando no un proceso; en la tribuna, en las urnas, más tarde, esta España juvenil (que excluye toda edad), que laboraba y sufría con un dolor que era una protesta y una confianza, ve que sus esfuerzos han resultado vanos. Los caciques gobiernan el agro. Y el agro es la mayoría de España.
El pueblo no votó en las urnas la salida de España de un señor Borbón, que, al fin de cuentas, no era más que el exponente de un Estado indigno y desdichado. El pueblo votó, en el campo especialmente, la ausencia del cacique que representaba la injusticia y la eterna «old Spain».
Las derechas republicanas acogen en su seno a todos los detritus de la monarquía, del caciquismo y de la desvergüenza nacional. El tinglado de la vieja farsa se organiza. Derechas e izquierdas, Cánovas y Sagasta. La España vieja y «oficial» continúa en su puesto.
Si hubiesen pasado siquiera dos años no nos extrañaría que las derechas se organizaran dentro de la República, con su programa conservador o moderante. Pero el grave y pavoroso problema es que cuando se va a erigir un nuevo Estado, y las Constituyentes se aproximan, van a ir a ellas gentes que representan la esbeltez de antes. Gentes que no votarán más que una monarquía sin corona.
Y el Estado nuevo no se erigirá, ni se hará una Constitución que tiene razón para ser la mejor de Europa. Ni los problemas se afrontarán con valentía.
Mientras, en el campo los caciques de la derecha republicana, que eran monárquicos cuando mandaba la monarquía, y republicanos ahora que manda la República, seguirán cometiendo las mismas fechorías.
María Luisa VILLALBA Isla de Tenerife.
Fuentes utilizadas
Martinón, M (2014). María Rosa Alonso: pasos de una vida. Cuadernos del Ateneo. Nº32. https://hdl.handle.net/20.500.12285/cateneo/848 pp 55-63
Álvarez de Armas, O (1983). Conversaciones en la Isla. Excmo Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. pp31-46
Entrevista con María Rosa Alonso en 1996:
https://blogs.canarias7.es/bardinia/2011/05/entrevista-con-maria-rosa-alon/
Yanes Mesa, JA (2023). Las polémicas periodísticas de la profesora republicana de izquierdas María Rosa Alonso (1909-2011) en la prensa de las Islas Canarias en el primer franquismo. ARENAL, 30:1; enero-junio pp 67-94
María Rosa Alonso Rodríguez. Ficha de la fundación Pablo Iglesias: https://fpabloiglesias.es/entrada-db3/alonso-rodriguez-maria-rosa/
González González, J. (2024). La obra de María Rosa Alonso: Artículos (1930-1953). Descripción y corpus. Tesis Doctoral. Universidad de La Laguna
Gaceta de Tenerife, 13 de septiembre de 1924 p1
Gaceta de Tenerife, 22 de junio de 1926, p1
La Prensa, 23 de diciembre de 1932, p5
Gaceta de Tenerife, 3 de enero de 1933, p5
Hoy. 20 de junio de 1933 p9
La Prensa, 29 de junio de 1933, p1
Hoy. 18 de agosto de 1933 p1
Hoy. 19 de diciembre de 1933 p1
Gaceta de Tenerife. 18 de octubre de 1934 p5
La Prensa. 13 de agosto de 1935 p1
La Prensa, 18 de septiembre de 1935, p1
La Prensa, 12 de noviembre de 1935, p1
La Prensa, 29 de noviembre de 1935, p1
La Prensa, 8 de diciembre de 1935, p1
La Prensa, 25 de enero de 1936, p1
La Prensa, 29 de enero de 1936, p1
La Prensa, 31 de enero de 1936, p1
La Prensa, 25 de marzo de 1936, p1
La Prensa, 2 de junio de 1936, p1
Falange. 22 de diciembre de 1944 p2
Boletín Informativo del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y Ciencias, 1 de mayo de 1947 p16
Canarias Gráfica. Nº 2, 1 de septiembre de 1962, p3
Siete Islas. 2 de septiembre de 1978 p15
Lancelot. 19 de septiembre de 1987 p4





Comentarios