El
9 de agosto de 1976, hace justo cincuenta años, Canarias vivió la
primera huelga legal en cuarenta años. Las últimas huelgas de este
tipo se habían dado en el mes de julio de 1936, después de eso las
protestas y la lucha por la mejora de las condiciones de vida de la
clase trabajadora quedaron sometidas a un control brutal y a una
represión cruel.
Resulta
difícil de imaginar la valentía de quienes tomaron la decisión de
hacer uso de una nueva legalidad que ya casi nadie recordaba. Apenas
diez meses antes las torturas contra un trabajador en los sótanos
del Gobierno Civil habían dejado un muerto. En marzo de ese año
miles de trabajadores en Vitoria habían ocupado la iglesia de San
Francisco de Asis. El desalojo del templo por las fuerzas de
seguridad, usando gases lacrimógenos y fuego real, dejó cinco
fallecidos y ciento cincuenta heridos. En las manifestaciones de
protesta por esos sucesos murieron varios más, un goteo de muertes
que a finales de ese año superaba la veintena en todo el Estado, uno
de ellos canario.
Esta
imagen compartida por Carlos García en el grupo de Fotos antiguas de
Tenerife, plasma bien la forma en la que salieron a la calle, en un
proceso de lucha sindical y huelga inédito, que duró más de
cincuenta días.
Es
cierto que durante los sesenta y los primeros setenta se habían dado
procesos de protesta y de lucha en diversos sectores, desde las
lecheras al transporte, pero siempre en un marco de clandestinidad y
de escasa y opaca información pública. El dictador hacía menos de
un año que había fallecido, pero la dictadura seguía viva.
En
ese mismo verano empezaban a darse actos públicos de organizaciones
políticas, incluso empezaban a salir de prisión penados por el
simple hecho de pertenecer a organizaciones obreras y partidos
políticos de izquierda.
En
Canarias los sindicatos estatales que empezaban a organizar una
creciente respuesta, convivían con un proceso de organización de un
sindicalismo canario, con un fuerte vínculo con los movimientos
soberanistas. En mayo de ese mismo año había venido por Tenerife el
mítico Marcelino Camacho, que tras su paso por las cárceles
franquistas, trabajaba en la clandestinidad para intentar organizar
las bases del PCE y de Comisiones Obreras.
En
julio de 1976 la prensa anunciaba que la empresa CESEA se había
hecho con la adjudicación de la obra complementaria del muelle de
contenedores de Santa Cruz de Tenerife, por un importe de más de
sesenta y cuatro millones de pesetas. 270 trabajadores debían
realizar una obra a destajo, en turnos de mañana y noche. La empresa
era un consorcio
formado por Entrecanales y Tavora, Sato y Constructora Internacional.
Las condiciones de trabajo, los impagos de horas extra se sumaban a
unos salarios que eran un 40% menores que los de sus compañeros de
territorio continental, a pesar de que en el Archipiélago el coste
de vida era superior, factores que explican una rápida organización
y una gran fuerza a este proceso de lucha sindical.
El
sindicato vertical franquista todavía se mantenía y trató de
evitar el conflicto laboral, hasta que a finales de julio los
trabajadores acordaron iniciar una huelga en base a la nueva ley. El
Sindicato Obrero Canario y el despacho de abogados laboralistas de
Alfredo Horas tuvieron un destacado papel en este proceso, tal y como
detalla el estudio de Domingo Garí sobre esa etapa. El seguimiento y
las amenazas veladas de la brigada político social de la policía
nacional fue constante, forzando a disolver piquetes e impidiendo
asambleas en espacios públicos.
El
boletín del Partido de la Revolución Canaria de agosto de ese año
indica como “durante todo este tiempo muchos trabajadores que
habían votado en contra de la huelga se suman a ella y a su vez
comienzan a destacarse los elementos esquiroles, tanto entre los
enlaces como en el resto de los trabajadores”.
El
movimiento obrero de CESEA buscó expandir y lograr la solidaridad de
otros sectores de la sociedad, con grupos de trabajo en Santa Cruz y
La Laguna, que daban información y lograban fondos para sostener la
huelga. El 19 de agosto una gran manifestación, con más de diez mil
personas, partió de Taco hasta el centro de la capital, siendo una
muestra de la fuerza y de la solidaridad que se generó con este
proceso de huelga. La revista Triunfo plasmó una crónica que decía:
“Taco,
Poligono Los Gladiolos, San Pío, Juan XXIII, San José Obrero, Las
Delicias, Urbanización Miramar, Chamberi, García Escámez, Tio
Pino, Somosierra y Buenos Aires fueron escenario para el paso de una
larga y prieta columna de trabajadores, mujeres, niños y ancianos
(muchas caras arrugadas y muchos brazos curtidos), que en número de
quince mil, aproximadamente, circulaban con toda corrección y
disciplina por la carretera del Rosario, gritando una y mil veces
expresiones tan elocuentes como: "Más dinero a la casa del
obrerо". "Todos con CESEA ganaremos la pelea",
"Unete, compañero, es la lucha del obrero", "Obreros
unidos jamás serán vencidos", "Unidad sindical, ETASA,
escucha, las promesas son muchas"", "Más salario para
el obrero canario" “.
El
20 de septiembre una nueva manifestación partió desde Ofra, con una
nutrida presencia de estudiantes que luchaban contra la subida de las
matrículas, y donde las consignas recordaban a obreros asesinados,
como Antonio González, o cánticos que reclamaban una “Canarias
libre y socialista”.
Como
han estudiado La respuesta política en Tenerife no tendría la
duración y la fuerza que se dio en Gran Canaria, pero sin duda fue
clave para lograr una fuerte presencia de representantes de
izquierdas en las elecciones municipales de 1979, que trataron de dar
una respuesta política en las instituciones. Estos espacios, con
todo en contra, lograron un cierto peso hasta que las incontables
luchas cainitas y las estrategias fallidas quebraron su fortaleza y
credibilidad.
Mientras
el conflicto avanzaba se dio un suceso que marcó la memoria
colectiva de forma dramática. Bartolomé García Lorenzo, un joven
estudiante de Magisterio que vivía en Somosierra, era tiroteado por
policías en la puerta de su casa, muriendo poco después por las
heridas. La respuesta social fue una auténtica explosión de dolor y
rabia. El periódico El País describía el efecto de la huelga
general convocada, como el 27 de septiembre, “la ciudad de Santa
Cruz de Tenerife, estuvo paralizada ayer desde primeras horas de la
mañana. Todas las actividades comerciales quedaron suspendidas, ya
que cerraron sus puertas los establecimientos de comestibles,
tejidos, bares y oficinas”. No se daba una situación así desde la
II República.
A
pesar de la dureza del momento y de la represión, los obreros de
CESEA lograron buena parte de sus demandas. Su lucha sirvió para las
siguientes generaciones, para que sus hijos e hijas tuvieran mejores
condiciones de vida. Sin esa gente valiente que dieron pasos por
terrenos desconocidos y con riesgo incluso para su propia integridad
física, la vida de la mayoría sería mucho peor.
La
fuerza de ese movimiento obrero tenía un contenido laboral, pero
también una base claramente política y democrática, se luchaba por
una sociedad mejor y se hacía desde la realidad canaria. Un
conflicto específico se sentía como propio, entendían que la
mejora de esos trabajadores implicaba una toma de conciencia general
y una mejora para todos los sectores a futuro. La sociedad entendía
que había que organizar una respuesta laboral, social y también
política. Un aniversario como este no debería pasar desapercibido
en nuestra tierra, que tan tarde llegó a muchas luchas y que todavía
necesita tantos avances.
Fotos:
-
Fotos Antiguas de Tenerife
-
Archivo Histórico de la Transición Democrática en Canarias de la
Biblioteca de la Universidad de La Laguna
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Fondo de la familia Juan Pedro Ascanio García
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Revista Triunfo
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