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El lenguaje silbado de La Gomera a través de una entrevista de Luis Álvarez Cruz (año 1935)

El intelectual y periodista Luis Álvarez Cruz nos dejó una preciosa entrevista al veterano silbador gomero, Domingo Plasencia Hernández, a raíz de la celebración en abril de 1935 de un día dedicado a las tradiciones isleñas en la vieja Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife. 

En esas dos páginas de entrevista se plasma, casi sin querer, la identidad gomera y su resistencia, intuida en las respuestas dadas sobre la protección de los prófugos de la Guardia Civil y la información sobre los tratos realizados por compradores de reses foráneos en los pueblos de la costa. Veamos su contenido original:

Domingo Plasencia Hernández es un hombre maduro que podría figurar perfectamente en cualquier lienzo costumbrista de Aguiar. Pastor de las escabrosas alturas de su isla, en la cual siempre vivió dedicado a las faenas cabrerizas, es un técnico del silbo modulado.

El próximo domingo realizará una exhibición pública en la Plaza de Toros, integrando el programa de la fiesta regional anunciada. Y me ha parecido de excelente actualidad entrevistarme con él para charlar un momento sobre la curiosa costumbre. De todos modos, no iba a preguntar por estas cosas a los sabios oficiales. ¿Quién mejor que un pastor podría opinar sobre el silbo? Por ello es esta la primera vez—que yo sepa—que un cabrero de las serranías gomeras hable para un periódico. Domingo Plasencia Hernández va a explicar con su vocabulario pintoresco, a los lectores de LA PRENSA, todo lo que sabe y piensa del silbo particular de su isla. No es que, en rigor, sepa mucho, que digamos; pero, en el peor de los casos, sabe lo suficiente para dar una idea de este fenómeno único en el mundo. Oigamos sus palabras, con su actual carácter de información periodística. Y va la primera pregunta:

 —¿Cuándo comenzó usted a silbar las primeras palabras, Domingo?. Domingo sonríe primero, se reconcentra luego y dice dubitativamente:

Desde que me acuerdo. ¡Qué sé yo!...tendría unos diez años, poco más o menos.

¿Y de quién aprendió la costumbre?

De mi padre. Eso va de padres a hijos

Pero, ¿cómo aprenden los muchachos a articular el silbo?

Lo mismo que aprenden a hablar. Primero tienen que aclarar el silbo. Lo que se llama "soplar el silbo". Después tienen que aprender a "explicarlo". En las dos cosas un muchacho, siendo aplicado, puede tardar unos veinte o treinta días. Después no se le olvidará nunca.

  • Y un hombre, ¿tardaría mucho tiempo en dominar ese lenguaje?

    ---- Según. Eso va en la aplicación. Pero de otra isla puede tardar quizás hasta dos años en aprender, Lo más difícil es educar el oído.

    ­ ¿Y se conserva muy extendida la costumbre en estos tiempos?

    No tanto como en aquel entonces. En esa época silbaban todos. Hoy los que tienen más "plática" son los pastores. Pero también en los pueblos se silba, sobre todo la gente vieja. La mocedad no tanto.

    Y los pastores, ¿por. qué?

  • Porque es gente que vive en las medianías de la isla. Cuanto más alto viva una persona, mejor silba, porque las distancias y los malos caminos le obligan a entenderse de lejos. La necesidad.

    Y las mujeres, ¿también entran en esto?.

    - También. Ahora, como no tienen tanta fuerza para “soplar el silbo”, no alcanzan la distancia a que llegan.

  • En El Hierro creo que silban algunas palabras. Pero de “relance” las dicen claras. En las demás islas soplan, pero no dicen nada. No han “platicado” nuestra costumbre. Trabajo les cuesta. En no siendo en La Gomera, tarde aprenden. Entre nosotros hay que aprenderlo a la fuerza y casi sin darse cuenta.

  • ¿Y el silbo es cosa familiar o el mismo para todas las zonas de la Gomera?

    Igual para todo el mundo. Sólo que unos lo usan mejor que otros. ¿No hay personas que leen o hablan mejor que otras? Pues lo mismo ocurre con el silbo.

    ¿Y a que distancia pueden ustedes sostener conversaciones? —Hasta a una legua. Y si es de noche tranquila y el viento favorece, a dos y más.

    ¿Cuánto tardará una noticia en recorrer la isla, por el procedimiento del silbo?

    Unos cinco minutos.

    ¿Y se ha llegado a efectuar ese recorrido en alguna ocasión?

    Antes, cuando la Guardia civil iba en busca de algún prófugo nunca lo encontraba. También los leñadores tenían tiempo de apagar sus hornos antes de que llegara la autoridad. Lo mismo que si un tratante de ganado aparece por la isla, todos los que tienen reses que vender saben en seguida el precio que están ofreciendo y a como han pagado las que compraron en las tierras de abajo. ¡Que se lo pregunten además a los recaudadores de “contrebuciones”!.

  • ¿Y cree usted que esa costumbre acabará algún día?

  • El que ha sido gomero no lo deja por mucho tiempo que pase. Ni aunque viva en Cuba.

    Y en el caso de que esa costumbre fuera a desaparecer, ¿no cree usted que podría alguien encargarse de organizar unas clases, algo así como una escuela especial?

    Ya lo creo que sí. Lo mismo que un escribano. Claro está, siendo "platico".

    ¿Desde cuándo cree usted que data esta costumbre?

    Desde el "prencipio" del mundo, a lo mejor. Yo desde que me acuerdo de cosas he oído silbar.

    ¿No provendrá de los antiguos pobladores de la isla?

    No sé. Pero es costumbre vieja, muy vieja.

    Finalmente, ¿en qué consiste el secreto?

    Pues verá usted. En lugar de las palabras, hay que silbar todas las partes de la palabra. Eso es; pero no es fácil para todo el mundo.

    Y con esta breve explicación remata Domingo Plasencia sus lecciones costumbristas. La teoría no es difícil de comprender, ni mucho menos. A io que he entendido, se necesita poseer un silbo claro y potente y modular ese silbo primordial articulándolo silábicamente como en el lenguaje ordinario. Pero la maldita “platica”...ese es el escollo cuyo secreto maravilloso solamente poseen los pastores de la serranía gomera.

    Tradición heredada de los primitivos indígenas o costumbre engendrada por necesidad geográfica de la isla, es lo mismo. Este lenguaje trasciende a vejez y a leyenda, y es simple y complicado a un tiempo, como todo lo que es simple y complicado en la vida. Y, por lo demás, uno de los tantos misterios sugeridores de las Islas Afortunadas.

    Luis Álvarez Cruz

  • Contenido original: La Prensa, 26/4/1935, página 1 y 2


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