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Saramago se apagó en la Isla de los volcanes.


No es mi intención que mis artículos recuerden a veces a una elegía, por suerte cuando se admira a tanta gente buena a veces las palabras de homenaje salen solas de mis dedos cuando de golpe sientes que ellos ya no están ahí, que no les podrás pedir su firma para un manifiesto, un poema o una canción. Aunque siempre es triste la desaparición de una persona lo es aún más cuando ha sido un ser humano comprometido con la transformación de este planeta en el que vivimos. Son demasiados y demasiados buenos las mujeres y hombres que se han empeñado en esta tarea a lo largo de los siglos, a algunos por desgracia los estamos perdiendo en los últimos años tras haber consumido vidas en muchos casos plenas, factor este que no tiene que ver con una mayor o menor estancia sobre la corteza de nuestra tierra, sino con la manera en que hacemos frente a los grandes problemas de nuestra existencia. He tenido la fortuna de conocer gente que viviendo apenas dos décadas fueron capaces de consumir tanto amor por los demás como muchos centenarios juntos.
El viernes perdíamos a José Saramago un escritor brillante que sin embargo guardaba un poco de energía de sus dedos y su mente también para enfrentarse a las amenazas globales y locales que hacen peligrar nuestra existencia. Saramago, a diferencia de tantos intelectuales actuales obsesionados con admirar su propio ombligo, levantó la cabeza por encima de las paredes de su casa en Tías (Lanzarote), de su teclado y de los hoteles que le acogían cuando presentaba sus libros para reflexionar y participar activamente de diferentes luchas políticas, sociales o medioambientales. Eso lo convirtió en un intelectual incómodo, capaz de sacarle los colores al capitalismo en cualquier momento y lugar.
Saramago con sus grandes lentes supo ver la injusticia y como detrás de ella existe un problema llamado capitalismo que consume vidas humanas, naturaleza, esperanzas...sin detenerse un segundo. No me extraña que los medios más recalcitrantes de la derecha le hayan dedicado apenas unas líneas sacadas a regañadientes, tal fue su obra que ni queriendo podrían haber hecho otra cosa.
No tenemos a Saramago, por suerte nos queda su obra y muchas reflexiones en forma de artículos. Me conmueve especialmente la idea de que una parte de sus cenizas reposen para siempre en el suelo de Lanzarote, al pié de un árbol que él mismo plantó y vio crecer en su casa de Tías. En esa casa preñada de libros donde parió el genial “Ensayo sobre la ceguera” vivió la mayor parte de sus últimos diecisiete años de vida, la misma casa de donde salieron infinidad de manifiestos de apoyo a mil causas y luchas, palabras de paz, solidaridad, cariño, justicia, democracia. También desde su casa de Tías nacieron duras palabras contra los políticos del cemento que habitan estas peñas atlánticas a medida que a fuerza de conocer a sus gentes y sus paisajes se identificó con luchas como la defensa de El Berrugo en Lanzarote o El Cotillo en Fuerteventura.
En su biblioteca de Tías hasta hace unas pocas horas descansaba el cuerpo de Saramago rodeado de sus libros y de los restos de mil conversaciones, alegatos o canciones como la hermosa y revolucionaria “Grândola, Vila Morena” que Luis Pastor y otros interpretaron en esa misma habitación hace apenas cuatro años. En una parte de su letra dice “...en cada esquina un amigo, en cada rostro, igualdad, Grândola Villa Morena tierra de fraternidad...” que ganas tenía José de llegar a la hermosa Villa Morena de la canción, al faltarnos él tendremos que arremangarnos un poco más para que algún día esa tierra de amistad, igualdad y fraternidad donde el pueblo es el que ordena sea una realidad.

Un fragmento de una entrevista a Saramago para el magnífico documental la Isla Estrellada del realizador canario Manuel Mora Morales.

“Grândola, Vila Morena” la canción que marcó la revolución de los claveles en Portugal resuena en la biblioteca que hasta hace pocas horas sirvió para rendir el último homenaje a Saramago.

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