Militantes de izquierda, sindicalistas, mujeres de líderes políticos republicanos estaban retenidas desde la llegada del Canalejas a La Palma en una sala del hospital de Santa Cruz de La Palma. Militares y monjas se ocupaban de las presas. El día 4 de septiembre la madre superiora se acercó a Sara. Le dijo que su esposo, preso como ella, se encontraba muy enfermo. Le pidió que subiera a su despacho, había un militar que la esperaba. Al entrar le dijo secamente, "esta es la maleta de su esposo y una carta para usted". A José Miguel Pérez, su compañero de vida, una de las figuras más importantes del PCE en Canarias, lo habían fusilado esa mañana en Santa Cruz de Tenerife.
Sara Pérez había nacido en Cuba en 1902, el mismo año en el que, sin haber pasado el primer lustro desde su independencia de España, el presidente cubano entregaba Guantánamo a los Estados Unidos. Era hija de palmeros, que como tantos miles antes y después llegaban a la Isla en busca de un futuro que no creían posible en Canarias. Había nacido en el pueblo de Bacuranao, cerca de La Habana, en un sitio que le dicen "La Gallega".
Los padres de Sara mantenía correspondencia con su familia y amistades de La Palma. Era muy joven cuando le empezaron a hablar de un joven palmero muy inteligente, muy popular entre los obreros y campesinos por sus escritos. El padre de Sara era persona progresista, de ideas avanzadas. A sus 82 años recordaba en una entrevista que su padre “hablaba del socialismo.. de lo que había ocurrido en Rusia. Nos alejó a todos de la religión y nos crio en ese ambiente radical”.
En 1921 el joven José Miguel Pérez, con solo 24 años, emigró a Cuba. Una de las primeras visitas que hizo fue a la casa de Sara, llevaba regalos de su abuela a la familia. Los dos jóvenes no dejaron de mirarse en ese primer encuentro. Sara tenía 18 años y era una joven culta, con muchos intereses, criada en un hogar que la animó a tener criterio propio frente al mundo. En 1922 ella y José Miguel se casaron, mudándose la pareja a La Habana. Allí se dedican a dar forma a una escuela racionalista, vinculada a la Federación Obrera. En esos años nació su única hija, Estelfa Pérez. Allí también, en agosto de 1925, su marido, el isleño José Miguel Pérez, fue nombrado primer secretario general del Partidos Comunista Cubano. La respuesta de las autoridades del gobierno de Gerardo Machado, militar admirador de Mussolini, fue inmediata, deportando a su marido a Canarias. En febrero de 1926 daría comienzo a su década palmera.
La llegada de la II República amplió su mundo, al igual que el de José Miguel. El 24 de julio de 1931 la Federación del Trabajo de la Palma celebró una importante asamblea en el Centro de Dependientes. Allí se nombró al comité directivo y al equipo de redacción de Espartaco, medio obrero de referencia en la Isla. Su compañero forma parte de la directiva, mientras que ella fue la única mujer elegida para las tareas de redacción.
En Espartaco dejó muestras de su pensamiento, dejando claro que es una de las que cuestiona el papel de las mujeres que se quería imponer desde el tradicionalismo. Es es caso del artículo que dedica al papel de las mujeres, que reclama que queden “libres de la dependencia moral y económica a que nos somete la sociedad burguesa”. Su reflexión es clara: “¿por qué no hemos de formar las mujeres en la vanguardia de los que luchan por el mejoramiento humano? ¿Quién lo necesita más que nosotras?”. Sin duda cumplió con esos mismos ideales.
En 1933 será otra de las voces que se levantará en Canarias protestando en contra de las sentencias que, tras un consejo de guerra, se emitieron contra varias decenas de miembros de la Federación Obrera por los llamados Sucesos de Hermigua. Sara se fijó especialmente en las mujeres que estaban procesadas, dándoles la relevancia que tuvieron en ese estallido social. A ellas le dedicó una historia en forma de cuento breve donde decía, “si un día las madres de La Gomera en lugar de mandar a sus pequeñuelos por el mundo a llorar solos, rabian, gritan, matan y destrozan, entonces todos se enteran...”. La idea es clara, cuando las mujeres ocupan su espacio y luchan, el terremoto que generan es enorme.
Sara tuvo que afrontar la situación que le desbordaba, tomó fuerzas de flaqueza y le dijo a Estelfa “No llores nena. Que no tenemos nada de qué avergonzarnos. Tu padre murió con sus manos muy limpias. Nunca le hizo mal a nadie. Fue comunista porque quería el bienestar de todos”. Su hija no podía estar con ella, una amiga la cuidaba. En un dolor difícil de explicar, tuvo que soportar nuevas visitas a la cárcel, un cura y militares la visitaban, con la amenaza constante de quitarle la patria potestad de su hija.
Durante varias semanas, familiares y amigos buscaron ayuda del consulado de Cuba. Querían lograr que Sara y Estelfa se alejaran del peligro, afortunadamente su nacionalidad fue clave y les permitió que a principios de diciembre de 1936 pudieran reunirse con su familia en La Habana. Allí, durante los primeros años, tuvo que vivir “pegada día y noche a una máquina de coser”, para poder criar a su hija. Allí vio el triunfo de la revolución, donde el partido que ayudó a fundar su marido jugó un papel fundamental. Su familia creció, su hija le dio tres nietos y también llegó a conocer a dos bisnietos, que la rodeaban cuando ya, muy mayor, abandonó este mundo para siempre.
Artículo publicado en Espartaco el 11 de mayo de 1935
LA MUJER Y LA GUERRA
Y van sonando las horas sobre el mundo... Y a ti, mujer obrera, te van trayendo el diario problema de miseria, trabajo y pequeñeces que ahogan tu vida y embargan todos tus momentos... ¿No has pensado nunca si habrá una solución que aclare tus días y mejore tu vivir? Hay que pensarlo. Las ideas vuelan por el aire, invaden el mundo y no has de permanecer tú en el rincón, sin enterarte de nada, temblando y sufriendo ante el paro que llena de miseria tu hogar; la enfermedad, que en la casa del pobre junta el dolor a la imposibilidad de atender los gastos que se echan encima, ante la vejez que la pobreza hace insoportable...
Van sonando las horas sobre el mundo y hoy te han traído la ropa que te hace falta y no puedes adquirir, la medicina que no puedes comprar, el «sin trabajo» que espanta... y mañana te traerán la guerra, porque si no es para la guerra ¡dime tú para que se arman más y más las naciones capitalistas...! Esa guerra no la sabrán evitar ni las damas que solicitan tu voto en nombre de antiguallas que en tantos siglos no han puesto remedio a las penas que te salen al camino, ni el femeninismo burgués... No lo sabrán evitar; harán lo que hicieron sus compañeras de clase cuando estalló la gran guerra: esperar en las esquinas de las calles el paso de los soldados, los tuyos, —que los suyos mandaban al matadero,— para ofrecerles unos cigarrillos. O imitarán a las damas católicas que en el conflicto surgido en el Chaco han ofrecido sus joyas, las joyas compradas con el dinero que ha producido el trabajo de los obreros, para que los convierta en armas que los hijos de las madres obreras utilicen para matar a otros compañeros...
África está ahí. Y un día se sabrá que soldados de Canarias han ido a tierra de moros a matar y morir en una guerra bárbara de conquista... Y tú, que no te enteras de nada, llena tu vida con las preocupaciones diarias, tendrás una angustia más que sufrir, temblando por «el tuyo».
Las damas fascistas, de acuerdo con su programa, te hablarán de la gloria guerrera y te aconsejarán resignación en nombre del orden, la patria y la familia... Hasta puede que haya damas que lamenten que no haya desfiles de tropas para ellas ponerse muy elegantes en las esquinas a repartir cigarrillos a los tuyos, que los suyos mandan al matadero... No puedes esperar de ellas otra cosa... Su ideal es el pasado y el pasado es explotación, es miseria, es guerra...
¿Por qué no miras tú al porvenir? Tú, que eres madre, hija, esposa de obreros ¿por qué no has de ayudar a los que luchan por mejorar el mundo y hermosear tu vida? El pasado y el presente no nos han dado sino pobreza y esclavitud; a nosotras más que a nadie. Las mujeres hemos sido la víctima resignada, más explotada, más encadenada aun que el hombre; entre las paredes del hogar, la esclava de todos; y si sales a trabajar, la admirable sociedad burguesa te pondrá en la mano un jornal tan mísero que da vergüenza...
¿Y hemos de seguir siempre así? Mal cuidadas en la infancia, esclavas desde temprano de un trabajo mal retribuido, trabajando día y noche para mal vestir y luego, de esposa y madre, peor aún: sufriendo nosotras y viendo sufrir a nuestros hijos escaseces y privaciones...
Si hay otra forma de organizar la vida, ¿por qué no hemos de formar las mujeres en la vanguardia de los que luchan por el mejoramiento humano? ¿Quién lo necesita más que nosotras? Es ya hora de que nuestras casas no sean pocilgas ni nuestra mesa tan pobre, ni que necesitemos robar horas al descanso para ganar unos trapillos; es ya hora de que podamos vivir la vida ampliamente, sin robar alegría y bienestar a los demás, ni que nadie nos lo robe a nosotras; libres de la dependencia moral y económica a que nos somete la sociedad burguesa.
Van sonando las horas sobre el mundo... Todas nos traen miserias y preocupaciones: descuido en la niñez, trabajos en la juventud, abandono en la vejez, sacrificio constante...
Luchemos con entusiasmo porque lleguen nuestras horas, las nuestras.
Sara Pérez.
Espartaco. 3 de mayo de 1932 p1
Nosotras en este Primero de Mayo
No hay duda que ahora las mujeres nos hemos hecho interesantes... Desde que la República nos concedió el voto, nuestra personalidad parece haber adquirido mayor relieve... Ya se ocupan de nosotras; nos halagan, tratan de atraernos de todas partes, hasta los mismos... Los que nunca fueron partidarios de que la mujer tuviese derecho alguno, los que la cantaban y loaban sumisa y resignada, recogida entre las cuatro paredes del hogar, tratan ahora de atraerse sus impresiones con la esperanza de obtener sus votos... Vuelan las hojas de todas clases y colores y en todas se ocupan de nosotras. No hay más remedio que darse un poco de importancia; parece que hemos era... algo ayer... ¿verdad? Pero no hay que perder la cabeza; el camino es nuevo y hay que recorrerlo con cuidado.
En todas épocas y en todos los países, las mujeres hemos ocupado peor sitio que el hombre. A veces pudo ocurrir que fuera una muñeca de lujo a quien se concedía todo, no por derecho, sino por gracia, pero fueron más las veces que fue bestia de carga...
La sociedad burguesa con su Religión, Patria, Familia, Orden, Trabajo, Propiedad, ha sido poco favorable para la mujer en general y cruel para la mujer pobre, las que en todas partes amamos, trabajamos y sufrimos y damos hijos para la explotación capitalista, para el cuartel y para la guerra a donde los llevan a morir y a matar a los hijos de otras madres como nosotras, con las armas que bendice el sacerdote de esa cacareada religión que siempre se pone del lado de los opresores.
Todas las canciones sobre las bellas tradiciones de la mujer española, sobre la patria, sobre la familia, etc., etc., se ahogan ante la brutal realidad del hogar obrero siempre amenazado por el hambre, donde la mujer lucha a diario con la miseria y la madre llora sobre la cuna del niño hijo que nace, porque viene a aumentar la cadena de los sufrimientos diarios; donde la «reina de la familia» ve en su mano el sábado el pobre jornal con el cual, aunque tuviese las cuatro reglas, tiene que hacer verdaderas maravillas matemáticas para cubrir las necesidades más apremiantes.
Hay que echar por tierra tanta leyenda mentirosa para presentar la verdad desnuda. Me gustan las cosas bellas, pero las que no sean una mentira que cubre el dolor sin aminorarlo. Hay que traer a la luz las cosas para que no se escarmiente de modo a exclamar borrachas: Las mujeres debemos saber la verdad.
Hablemos de Religión, la Patria... etc. en este caso donde todo es mentira y el engaño de los hombres de la clase burguesa es el único fin para conseguir nuestro voto de amar a esa causa... banderas; los que opinaron siempre que la mujer no debía tener derechos; los que la consideraron esclava y como a tal la trataron, los que han hecho pesar sobre ella un cúmulo de prejuicios que no se cómo ha podido soportar, ahora la halagan y la llaman para que les ayude a perpetuar la actual organización con todos sus terribles males: miseria, esclavitud, guerra...
Esos que hoy se acuerdan de las obreras, luchan por hacer eterno el orden de cosas que tantos dolores ha costado a las mujeres pobres; son los mismos que apoyaron y defendieron la que sostenían esa estúpida guerra en África, de tan dolorosos recuerdos para las madres españolas; son los que sonreían a la dictadura que perseguía y mataba a lo mejor de España. Son los que quieren que todo siga como está porque a ellos les va bien y les importa poco los dolores de los otros. Luchan con toda su alma por conservar el orden actual; la miseria de unos sirviendo de base a la abundancia de los otros; el pobre trabajando toda su vida para en las horas amargas y no siempre, recibir la hojuela de una limosna que no remedia nada y humilla mucho. No conciben que la sociedad se transforme hacia el punto de que todos los niños desde el momento que nacen, tengan igual derecho a todo lo bueno que el mundo les pueda proporcionar... Se espantan de que llegue un día en que todos trabajen y todos disfruten y no exista la diferencia de clases y se acabe la feria de las vanidades. Esto es lo que les saca de juicio y les hace salir a la calle a convencernos. A buena hora se acuerdan de aquellas a quienes siempre han mirado con un soberano desprecio porque son pobres, porque carecen de «delicadeza», de «educación», de «exquisitez»... de todo lo que siempre se les ha negado.
Pues no... Las de «clase baja», las que no pueden alternar con las castas superiores; las que siempre han sido consideradas como de diferente especie, no pueden tener interés en conservar una organización social que no les favorece. El problema no es el mismo para la mujer pobre que para la mujer rica. No tenemos por qué conservar un mundo donde después de trabajar y sufrir toda la vida, nos espera la miseria a la vejez; no queremos dar hijos para la guerra ni que nuestras hijas vivan nuestra misma vida de esclavitud y sometimiento; no podemos ayudar a la regeneración de nuestros hijos ni de nuestros esposos si nosotros mismas estamos sometidas a una vida que todos trabajan y disfrutaban.
Queremos derechos, pedimos derechos, pero en esta hora de que se habla de nuestra liberación es necesario que esa liberación sea verdadera... base real de compartir y del producto disfrutado por todos... Liberación real de la mujer sin dependencia económica, educación, trabajo y dignidad... y entonces la familia no se destruirá, como dicen quienes así les conviene de amor, no de torpe interés o sórdida conveniencia.
No nos debemos engañar por los cacareos mentirosos de los que quieren que nuestros dolores se eternicen y se cierren nuestros horizontes a toda esperanza de renovación. Sonríamos un poco al vernos convertidos de la noche a la mañana en personajes importantes. Pero tomemos nuestro camino que va hacia el porvenir y dejemos a los murciélagos en sus cavernas...
Sara Pérez
Fuentes utilizadas
Pérez, Sara. La situación económica de Cuba. El Progreso. 9 de abril de 1927 p1
Pérez, Sara. La mujer y la guerra. Espartaco. 11 de mayo de 1935 p5
Espartaco. 1 de agosto de 1931 p3
Pérez, Sara. La pequeña gomera. Espartaco. 31 de marzo de 1934.
Gaceta de Tenerife. 2 de diciembre de 1930 p1
Peñalver Moral, Reinaldo. José Miguel Pérez: el primer secretario. Revista Bohemia. 16 de agosto de 1985. pp 78-83





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