domingo, 20 de febrero de 2022

El Palacio de Justicia de San Francisco, espacio para la Memoria Democrática de la tortura franquista


La memoria histórica no trata sólo de eliminar del espacio público homenajes a la dictadura, también consiste en reivindicar la memoria de los lugares del terror. En Santa Cruz de Tenerife este es uno de los que sigue en pie, el Palacio de Justicia, en la plaza de San Francisco.
Este lugar sirvió de punto de retención y tortura de decenas de personas tras el 18 de julio de 1936, los testimonios de esos días son terribles y sus consecuencias también.
Palizas, hambre, vejaciones de todo tipo se desarrollaron entre esas paredes. Algunos no resistieron y optaron por precipitarse al vacío desde alguna de sus ventanas. Es el caso de Florencio Afonso y Santiago Guerra.
El primero apenas tenía 18 años cuando fue detenido y trasladado al Palacio de Justicia, por allí también habían pasado varios de sus hermanos, miembros de la CNT. El 26 de septiembre de 1936, tras días de malos tratos de todo tipo, logra alcanzar una ventana y, según el informe existente en los archivos, se precipita, muriendo casi en el acto.
Santiago Guerra también era anarquista. Era un poco mayor, tenía 32 años y dos hijos, Rosa y Santiago. El doce de octubre de 1936, apenas quince días del suceso anterior, lo llevaron a declarar a este lugar. Antes de entrar con el juez logró zafarse de un guardia y saltar por otra ventana, muriendo días después a consecuencia de la caída.

En las grandes capitales europeas los espacios de terror son señalados, a través de placas, códigos QR o los stolpersteine que susurran desde el suelo las huellas del horror nazi, su recuerdo no se borra o se ignora. Pervive para no repetir el horror, mientras los rastros de los homenajes a sus verdugos ya no están ensuciando el espacio de todos y todas.
El investigador Ricardo García Luis recoge algunos otros testimonios sobre este lugar en su "Crónica de los vencidos". Habla de Miguel González, que con siete años vio las lágrimas de su madre mientras lavaba la ropa de su padre, preso en este lugar, toda "rota y manchada de sangre. Le daban leña, claro". Pino García, viuda del fusilado Francisco Infante, recordaba que "a ellos los quemaban con hierros calientes por sus partes...los ponían a pie derecho y al tercer día no podían caminar".
El comunista lagunero, Antonio Padrón, lo vivió en sus propias carnes. Narró como lo colgaron por los pies, "me ataron por los pies cabeza abajo; me tuvieron, yo calculé que era media noche, desde las doce de la noche hasta las tres de la madrugada me tuvieron colgado. Para que acusara, para que hablara...".
Las anarquistas Domitila y Carmen Goya también sufrieron grandes torturas físicas. Antonio Tejera, Antoñé, también preso en el mismo lugar, las encontró llenas de moratones pocos días después de su detención, "negras de aquí para abajo, negras, llorando allí".

Los ecos de ese horror olvidado también deben ser restituidos en la memoria colectiva, aunque el viejo poder político chicharrero prefiera seguir honrando a los asesinos y torturadores. Los cientos de represaliados lo merecen, aunque ya no estén los muros de Fyffes o los de la cárcel de mujeres de la calle San Miguel, los espacios que perduran deben ser dotados de estos contenidos, como promovió el Colegio Montessori con el monumento realizado en la Rambla, a la altura del antiguo mayor centro de internamiento de Tenerife.
La nueva Ley de Memoria Democrática recoge los Lugares de Memoria como espacios señalados y planteados para reivindicar a las personas que sufrieron el horror de la dictadura, sin duda, una vez quede totalmente definida, debería señalarse este lugar como uno de los ejes centrales de los centros de tortura de la dictadura en Tenerife.


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