En
abril de 1969 algunos en el barrio de La Isleta, en capital de Gran
Canaria, pensaron que habían visto un fantasma. Un hombre de piel
extremadamente blanca, un pelo lleno de canas se dirigía a paso
lento a la comisaría. Era Pedro Nolasco Perdomo, un republicano que
había permanecido escondido por sus once hermanas durante treinta y
tres años.
Para
la mayoría, Pedro había desaparecido de la faz de la tierra poco
después del golpe franquista. Unos lo daban por muerto, otros creían
que había logrado huir a Venezuela o a Francia. Se equivocaban. A él
lo salvaron once mujeres valientes, que durante esas más de tres
décadas lo protegieron, lo ocultaron y lo alimentaron. Él mismo
recordó esto en una de las entrevistas que le hicieron: “Mi
hermana, pobre de ella, las pasó negras para alimentarme y, sobre
todo, tenerme escondido. Pero le ayudaban mis otras hermanas”
Pedro,
igual que sus hermanas, había nacido en Haría, en Lanzarote, en
1906. Su familia quiso escapar del hambre y la sed, lo hicieron
emigrando a la capital de Gran Canaria, donde con más de veinte mil
personas más hicieron crecer el barrio isletero, al calor del Puerto
de la Luz.
En
su juventud fue chófer de guaguas y parece que tuvo un papel activo
en la vida política republicana. En 1935 lo eligieron vocal del
Comité Ejecutivo del Partido Socialista de Las Palmas. Los golpistas
lo señalaron como participante de uno de los intentos de resistencia
que se desarrollaron el 20 de julio en La Isleta, eso lo sentenció,
aunque él ya estuviera escondido. Sabían bien lo que les pasaba a
los que eran capturados. Su hermana Catalina dejó un testimonio de
lo que vivieron en esos primeros meses “cogieron a muchos. Yo vi
una noche una camioneta cargada con diecinueve hombres, pobrecillos,
estuvieron dando vueltas con ellos por La Isleta y después se los
llevaron a una sima para tirarlos vivos desde allí. No los mataban,
no, los echaban vivos”. El miedo era una realidad palpable y duró
muchos años, demasiados.
Los
primeros días se escondió en casa de su hermana Antonia, que tenía
una pequeña tienda y un gallinero. De allí tuvo que salir por la
denuncia de un vecino, ya que había una recompensa de dos mil
pesetas por su captura. Después de eso encontró un escondite entre
fardos de alfalfa de su hermana Catalina, en La Angostura. Más tarde
tuvo que buscar refugio en casa de su hermana Manuela. Ella logró
esconderlo mejor, así estuvo más de quince años. Su hermana le
contó a los investigadores Manuel Leguineche y Jesús Torbado que
“abrió un hoyo y puso un bidón dentro, en el patio; y luego hizo
un hueco en la pared, un hueco muy pequeño, y cuando sentía un
vecino que entraba mi hermano se metía allí y ella ponía un cajón
con una cocinilla delante”. Su sobrina, Francisca Soto Perdomo, dio
testimonio de ese tiempo muchos años después, recordando a su tío
como “una
persona muy buena, que fumaba mucho y que estaba muy blanquito porque
nunca veía el sol".

La
persecución de las fuerzas franquistas no se detuvo en ese tiempo,
sufriendo frecuentes registros de las casas de las hermanas Perdomo.
Su hermana Manuela falleció. Otras de sus hermanas, Antonia y
Eloína, fueron a buscarlo de noche y lo llevaron a escondidas a casa
de otra de ellas, Rafaela, en el número 31 de la calle Alcorac. Allí
estuvo dieciséis años más, hasta 1969, en un pequeño cuarto
cerrado, apenas de un metro por dos, con un ventanuco tapado con
periódicos, dentro, “un somier, una pila para el agua, un
transistor, una cocinilla de las antiguas de petróleo, una sartén y
algunos objetos más”. Revistas y periódicos viejos también
fueron de gran ayuda en ese encierro, aunque la falta de luz hizo que
perdiera buena parte de su vista. Allí, sin ver el sol, casi siempre
en silencio, permaneció oculto del mundo, tanto es así que de los
ocho sobrinos que crecieron en esa casa solo uno supo de su
existencia.
Su
salud se resintió. Tenía asma y a pesar de ello fumaba bastante en
un ambiente poco saludable, en algún momento pensaron que no lo
resistiría y ni así descubrieron al mundo su secreto. Su hermana
contaba que “una vez se miró a un espejo y cayó como muerto de
verse tan delgado y tan blanco”. El propio Pedro reconoció que en
algún momento su mente se quebró, diciendo que “estuve un poco
"ido" de la cabeza. Yo no diría que loco, pero sí con el
conocimiento perdido y hablando solo. Recaí varias veces”.
Este
topo canario solo volvió a la vida tras saber del decreto de marzo
de 1969, donde por los treinta años del fin de la guerra, se
declaraba la amnistía de todos los implicados en sucesos anteriores
al 1 de abril de 1939. En esos días se habían conocido varias
historias como la de él, una de ellas, la del exalcalde de Mijas,
Manuel Cortés, que salió a la luz varios días antes que él. Eso
le dio valor a Pedro para finalizar ese encierro en vida. Como plasmó en una columna España Republicana, uno de los periódicos de los exiliados, los hombres que optaron por esconderse, "prefirieron condenarse de por vida a prisión a caer asesinados por las bandas falangistas".

La
libertad recobrada le trajo muchos reencuentros emocionados, entre
abrazos y lágrimas. Algunos de sus sobrinos lo conocieron ese día.
Había perdido su vida normal con solo treinta años, un joven
socialista, con novia y un mundo por delante... ahora tenía sesenta
y tres, solo sus hermanas y algunos sobrinos sabían de su historia.
Trató de recuperar el tiempo perdido, buscar un trabajo para
compensar tantos años de cuidados donde él no pudo aportar nada,
mientras sus hermanas se quitaban de la boca la poca comida que
llegaba a sus hogares. No lo logró. Sus últimos años estuvieron
marcados por la mala salud y una sociedad que todavía convivía con
el miedo.
El
9 de diciembre de 1974 su corazón se paró para siempre. Falleció
todavía con la dictadura viva, la misma que le tuvo aprisionado por
el miedo, la misma que tardó tanto en olvidar sus rencores. No pudo
ver como, años después, algunos antiguos compañeros de ideales
lograrían recuperar parte de la normalidad que a él le arrebataron.
Su historia y las de las once valientes mujeres que se jugaron su
existencia protegiéndolo, merece ser contada y recordada.
Fuentes
consultadas
La
Prensa. 3 de marzo de 1935 p5
TORBADO,
J. y LEGUINECHE, M. (1978): Los topos. Editorial Argos. p95-100
Media
vida escondido en un zulo. La Provincia:
https://www.laprovincia.es/las-palmas/2020/09/14/media-vida-escondido-zulo-10675544.html
González-Sosa,
Pedro. 33 años oculto en su casa. El Eco de Canarias. 20 de abril de
1969 p24-25
España
Republicana. 1 de mayo de 1969 p5
Bienmesabe:
Revista digital,
19 de mayo de 2013. p6