sábado, 21 de diciembre de 2024

El golpe europeo contra el sueño africanista de Thomas Sankara


Hoy habría cumplido setenta y cinco años el líder revolucionario africano Thomas Sankara, nacido el 21 de diciembre de 1949 en la colonia de Alto Volta, país que tras una frágil independencia pasó a llamarse República Democrática de Burkina Faso.

En su gobierno inició un amplio proceso de cambio de un país que vivió cuatro años de transformación con su liderazgo. Una tierra azotada brutalmente por el neocolonialismo, tuvo al frente a un presidente que rechazó ser un simple país productor de materias primas baratas.

Aplicó una profunda reforma agraria, duplicando la producción de trigo, también medidas como plantar diez millones de árboles para acabar con la desertificación del Sahel, prohibió antes que nadie la mutilación genital femenina, los casamientos forzados e incorporó a las mujeres a la vida política del país, esas ideas las convirtió en realidades:

En sus propias palabras: "Compañeras, no habrá revolución social verdadera hasta que la mujer se libere. Que mis ojos no tengan que ver nunca una sociedad donde se mantiene en silencio a la mitad del pueblo".

El sueño de Sankara incluía planes para favorecer la educación pública en un país con un analfabetismo enorme, al igual que acercar la salud a una población que sufría unas altas tasas de mortalidad por enfermedades tratables. No gustó en los salones del poder, por ello no tardó en desatarse una pesadilla, promovida activa y directamente por países blancos y supuestamente demócratas, que veían en este proceso y las esperanzas que podía levantar un riesgo para los intereses económicos de las potencias occidentales.

Acabaron con este gobierno el 15 de octubre de 1987, eliminando al presidente junto a doce de sus ministros. El gobierno francés apoyó directamente el golpe contra un país que era esperanza de futuro, contra un líder feminista, ecologista y que planteaba alternativas al imperialismo.

En la cuenta de este joven presidente africano solo encontraron 300 dólares y por toda propiedad un viejo coche, una bicicleta, una guitarra y su pequeña casa familiar. No robó, construyó esperanza, pero la secuestraron en nombre del imperialismo europeo.

En 2017 el presidente francés prometió levantar el secreto de los documentos donde se recoge el papel de su país en el golpe en Burkina. Todavía no se ha producido esa decisión, ni tampoco se ha pedido perdón por lo sucedido.


domingo, 15 de diciembre de 2024

El tren de los niños y la solidaridad con la infancia en los conflictos sociales de Canarias en la II República

La verdad que la película de Netflix, “El tren de los niños”, me emocionó mucho y me trajo a la memoria momentos de solidaridad del pasado, donde los colectivos obreros acogían a niños y niñas que no conocían, de lugares sometidos a guerras o conflictos, algunos en Canarias.

La historia de la película, basada en el libro de Viola Ardone, recoge la historia de los sesenta mil niños y niñas de Nápoles (Italia) que, debido a la hambruna tras la II Guerra Mundial, fueron trasladados y acogidos por militantes comunistas del norte del país. Mucho antes de eso, esa práctica se repitió en numerosas ocasiones durante procesos de lucha obrera o guerras, en especial por parte de sindicatos, además de anarquistas, comunistas y socialistas.

La clave de estos procesos era aumentar las posibilidades de resistencia de las familias en huelgas por sus derechos sociales o sindicales, que podían resistir el hambre, pero no ver morir o enfermar a los miembros más frágiles. En 1885 las familias campesinas danesas decidieron acoger en sus hogares a hijos e hijas de los obreros urbanos, debido a una larga huelga que dificultó la alimentación de los más pequeños (1).

Antes y después de esa fecha fueron numerosos los ejemplos de solidaridad entre sectores obreros y campesinos. Entre 1920 y 1921, once mil mineros de Río Tinto, en Huelva, fueron a la huelga por las malas condiciones de vida que debían afrontar. Tres mil de sus hijos fueron repartidos entre comités obreros y sindicatos de diversos puntos de España, asegurando así que la huelga pudiera continuar (2). Enorme sacrificio el de estas familias, con tal de ganar una lucha en la que le iba la vida.

Canarias no fue ajena a esta práctica humanitaria y revolucionaria. Durante los grandes procesos de huelga y lucha sindical de la II República la acogida de menores procedentes de las zonas en conflicto o las acciones de solidaridad, se convirtieron en algo frecuente. Con motivo de los Sucesos de Hermigua, los medios obreristas, como Espartaco, animaron a no olvidar a los pequeños de los más de treinta presos gomeros, diciendo para las navidades de 1933 “enviad juguetes a vuestros hermanitos los hijos de los presos” (3).

El año 1934 fue especialmente intenso, durante el gobierno de las derechas republicanas las tensiones sociales y sindicales se extremaron, también lo hizo la solidaridad de clase. En la huelga agrícola que estalló en el Norte de Tenerife, miles de jornaleros y trabajadores de los empaquetados ligados a la actividad platanera se volcaron en una enorme movilización para mejorar sus condiciones laborales. La respuesta de los poderes caciquiles locales y del Gobierno Civil fue especialmente intensa, en zonas como La Orotava, Puerto de la Cruz, a la que se sumaron también Los Silos o Buenavista.

Durante el segundo semestre de 1934 unos quinientos menores de La Orotava y el Puerto fueron trasladados a Santa Cruz y La Laguna (4), en una operación compleja y hermosa. La mayoría sindical de la zona eran de miembros de la UGT, aunque la solidaridad fue diversa, donde muchos miembros de la CNT, en especial del poderoso sector tabaquero, participaron junto a socialistas y comunistas. La solidaridad entre familias que no se conocían, entre sectores políticos que no se estimaban demasiado entre ellos, dieron una lección enorme.

En septiembre las Juventudes Socialistas era una de las entidades encargadas de localizar a familias y personas voluntarias para esta acogida (5). Tenemos que tener en cuenta que estamos en una etapa marcada por la crisis económica mundial del crack del 1929, las familias que acogen a estos niños y niñas también vivían con escasos medios, aún así afrontaron el reto pensando en un bien colectivo.

El líder anarquista, Manuel Pérez Fernández, recuerda en sus memorias que se organizó “una caravana compuesta de 50 automóviles a fin de ir a buscar a los niños de La Orotava”. Hacen este proceso con una dura presión de las autoridades, que mandaron a interceptarlos a “patrullas de Guardias de Asalto con fusiles”, que se negaron a intervenir en contra de los niños y las personas que les trasladaban (6).

A pesar de la dificultad y la presión política de las fuerzas conservadoras, el lunes 24 de septiembre de 1934 empezaron a llegar los pequeños a la capital tinerfeña.

Los vehículos “se estacionaron frente al Taller colectivo del Sindicato de Obreros Tabaqueros, sito en la calle de Méndez Núñez, numerosas personas, que iban recogiendo a los pequeños a medida que llegaban de La Orotava y Puerto de la Cruz” (7). Días antes, el Gobernador Civil había reiterado un llamamiento para evitar aglomeraciones “a la llegada de los niños a esta ciudad”, pero permitiendo finalmente que llegaran (8).

No será tan razonable cuando se plantee la “celebración de varias funciones en los cinematógrafos de Tenerife, para qué las presencien exclusiva y gratuitamente los niños de los huelguistas de La Orotava”, que el Gobernador Civil prohíbe, supuestamente para evitar “aglomeraciones de multitudes y especialmente la de los pequeñuelos” (9).

Los intentos de bloqueo de esta solidaridad, que amenazaba con alargar la huelga, provocó diversas detenciones, entre ellas las de algunos dirigentes socialistas que habían llegado a La Orotava a recoger a niños y niñas de los huelguistas (10). Un ejemplo de estas familias de acogida son las formadas por Inocencio Delgado García, su esposa América Ladeveze González, su hermano Gilberto Alcalá García, y su cuñado Alfonso Martínez, estos dos últimos también casados. Eran miembros del Sindicato de Tabaqueros, militantes de la CNT, que tuvieron hasta el final del conflicto a hijos de los jornaleros y trabajadores del Norte (11). Tras el Golpe de 1936, los tres matrimonios de acogida fueron asesinados por los franquistas y desaparecidos (12), señalados por su activismo político y sindical. Eran familias que, como tantas otras, apenas podían mantenerse, pero que se esforzaron por un bien superior, por una humanidad que creían que solo a través de la fraternidad podría cambiarse.

Es difícil saber qué relaciones se generaron en esas acogidas temporales, qué historias de afecto o qué ideas fluyeron con ellas, lo cierto es que son ejemplos hermosos de la capacidad de la humanidad para ejercer lo que precisamente le da esa humanidad, la solidaridad, la capacidad de transcender del egoísmo personal al interés colectivo. Muchas de esas familias de acogida tuvieron, apenas dos años después, que contar con otras fórmulas de solidaridad, muchas veces clandestinas y secretas, para poder sobrevivir a la represión y a la falta de alimentos que se extendió con la Guerra Civil y la dictadura.


Fuentes utilizadas

  1. "Los campesinos de los alrededores de Copenhague y del interior han tomado la heroica resolución de llevar a sus viviendas a los hijos de los huelguistas, hasta tanto que aquélla se termine. Este rasgo de solidaridad es acreedor de todas veras al aplauso”. Bandera social. 25 de octubre de 1885 p4

  2. Pérez, Manuel. 30 años de lucha. Mi actuación como militante de la CNT y anarquista español. Asociación Isaac Puente. P1088

  3. Espartaco. 16 de diciembre de 1933. p2

  4. Cabrera Acosta, M.A. (1991). La II República en las Canarias Occidentales. La Laguna. CCPC p462

  5. Nueva relación de los afiliados y simpatizantes que se han ofrecido a recoger niños de los obreros que se hallan en huelga en la Orotava: Oscar Pestana, Sixto Concepción, Ramón González, José Arozena, Eladio Martín Peña, Francisco Palacios, Juan Borges, Antonio Suárez, Cristóbal Guanche Suárez, Pedro Mojica González, Pedro Hernández, Jesús Pérez Hernández y Bonifacio Barreto. Invitamos a los que quieran recoger a los niños se inscriban inmediatamente pues, de domingo a lunes, vendrá la primera expedición”. La Prensa. 21 de septiembre de 1934. p3

  6. Rivas García, Ramiro. Tenerife, del Frente Popular al 18 de julio. https://www.ramirorivasgarcia.com/libros/1.Primeraparte.pdf p101

  7. Hoy. 27 de septiembre de 1934 p8

  8. Hoy. 23 de septiembre de 1934 p1

  9. Gaceta de Tenerife. 4 de octubre de 1934 p5

  10. La Prensa. 27 de septiembre de 1934 p3

  11. García Luis, Ricardo (2008): El Pozo. 55 artículos sobre la Guerra Civil en Canarias (mayo, 1995-febrero, 1997). Ediciones Idea, pp.135-141

  12. Studer Villazán, Luana. Voces silenciadas. La represión franquista sobre las mujeres en La Laguna. Le Canarien ediciones. La Laguna. 2023 pp120-121


sábado, 7 de diciembre de 2024

Los treinta y tres años sin luz del republicano Pedro Nolasco Perdomo Pérez


En abril de 1969 algunos en el barrio de La Isleta, en capital de Gran Canaria, pensaron que habían visto un fantasma. Un hombre de piel extremadamente blanca, un pelo lleno de canas se dirigía a paso lento a la comisaría. Era Pedro Nolasco Perdomo, un republicano que había permanecido escondido por sus once hermanas durante treinta y tres años.

Para la mayoría, Pedro había desaparecido de la faz de la tierra poco después del golpe franquista. Unos lo daban por muerto, otros creían que había logrado huir a Venezuela o a Francia. Se equivocaban. A él lo salvaron once mujeres valientes, que durante esas más de tres décadas lo protegieron, lo ocultaron y lo alimentaron. Él mismo recordó esto en una de las entrevistas que le hicieron: “Mi hermana, pobre de ella, las pasó negras para alimentarme y, sobre todo, tenerme escondido. Pero le ayudaban mis otras hermanas”

Pedro, igual que sus hermanas, había nacido en Haría, en Lanzarote, en 1906. Su familia quiso escapar del hambre y la sed, lo hicieron emigrando a la capital de Gran Canaria, donde con más de veinte mil personas más hicieron crecer el barrio isletero, al calor del Puerto de la Luz.

En su juventud fue chófer de guaguas y parece que tuvo un papel activo en la vida política republicana. En 1935 lo eligieron vocal del Comité Ejecutivo del Partido Socialista de Las Palmas. Los golpistas lo señalaron como participante de uno de los intentos de resistencia que se desarrollaron el 20 de julio en La Isleta, eso lo sentenció, aunque él ya estuviera escondido. Sabían bien lo que les pasaba a los que eran capturados. Su hermana Catalina dejó un testimonio de lo que vivieron en esos primeros meses “cogieron a muchos. Yo vi una noche una camioneta cargada con diecinueve hombres, pobrecillos, estuvieron dando vueltas con ellos por La Isleta y después se los llevaron a una sima para tirarlos vivos desde allí. No los mataban, no, los echaban vivos”. El miedo era una realidad palpable y duró muchos años, demasiados.

Los primeros días se escondió en casa de su hermana Antonia, que tenía una pequeña tienda y un gallinero. De allí tuvo que salir por la denuncia de un vecino, ya que había una recompensa de dos mil pesetas por su captura. Después de eso encontró un escondite entre fardos de alfalfa de su hermana Catalina, en La Angostura. Más tarde tuvo que buscar refugio en casa de su hermana Manuela. Ella logró esconderlo mejor, así estuvo más de quince años. Su hermana le contó a los investigadores Manuel Leguineche y Jesús Torbado que “abrió un hoyo y puso un bidón dentro, en el patio; y luego hizo un hueco en la pared, un hueco muy pequeño, y cuando sentía un vecino que entraba mi hermano se metía allí y ella ponía un cajón con una cocinilla delante”. Su sobrina, Francisca Soto Perdomo, dio testimonio de ese tiempo muchos años después, recordando a su tío como “una persona muy buena, que fumaba mucho y que estaba muy blanquito porque nunca veía el sol".

La persecución de las fuerzas franquistas no se detuvo en ese tiempo, sufriendo frecuentes registros de las casas de las hermanas Perdomo. Su hermana Manuela falleció. Otras de sus hermanas, Antonia y Eloína, fueron a buscarlo de noche y lo llevaron a escondidas a casa de otra de ellas, Rafaela, en el número 31 de la calle Alcorac. Allí estuvo dieciséis años más, hasta 1969, en un pequeño cuarto cerrado, apenas de un metro por dos, con un ventanuco tapado con periódicos, dentro, “un somier, una pila para el agua, un transistor, una cocinilla de las antiguas de petróleo, una sartén y algunos objetos más”. Revistas y periódicos viejos también fueron de gran ayuda en ese encierro, aunque la falta de luz hizo que perdiera buena parte de su vista. Allí, sin ver el sol, casi siempre en silencio, permaneció oculto del mundo, tanto es así que de los ocho sobrinos que crecieron en esa casa solo uno supo de su existencia.

Su salud se resintió. Tenía asma y a pesar de ello fumaba bastante en un ambiente poco saludable, en algún momento pensaron que no lo resistiría y ni así descubrieron al mundo su secreto. Su hermana contaba que “una vez se miró a un espejo y cayó como muerto de verse tan delgado y tan blanco”. El propio Pedro reconoció que en algún momento su mente se quebró, diciendo que “estuve un poco "ido" de la cabeza. Yo no diría que loco, pero sí con el conocimiento perdido y hablando solo. Recaí varias veces”.

Este topo canario solo volvió a la vida tras saber del decreto de marzo de 1969, donde por los treinta años del fin de la guerra, se declaraba la amnistía de todos los implicados en sucesos anteriores al 1 de abril de 1939. En esos días se habían conocido varias historias como la de él, una de ellas, la del exalcalde de Mijas, Manuel Cortés, que salió a la luz varios días antes que él. Eso le dio valor a Pedro para finalizar ese encierro en vida. Como plasmó en una columna España Republicana, uno de los periódicos de los exiliados, los hombres que optaron por esconderse, "prefirieron condenarse de por vida a prisión a caer asesinados por las bandas falangistas".

La libertad recobrada le trajo muchos reencuentros emocionados, entre abrazos y lágrimas. Algunos de sus sobrinos lo conocieron ese día. Había perdido su vida normal con solo treinta años, un joven socialista, con novia y un mundo por delante... ahora tenía sesenta y tres, solo sus hermanas y algunos sobrinos sabían de su historia. Trató de recuperar el tiempo perdido, buscar un trabajo para compensar tantos años de cuidados donde él no pudo aportar nada, mientras sus hermanas se quitaban de la boca la poca comida que llegaba a sus hogares. No lo logró. Sus últimos años estuvieron marcados por la mala salud y una sociedad que todavía convivía con el miedo.

El 9 de diciembre de 1974 su corazón se paró para siempre. Falleció todavía con la dictadura viva, la misma que le tuvo aprisionado por el miedo, la misma que tardó tanto en olvidar sus rencores. No pudo ver como, años después, algunos antiguos compañeros de ideales lograrían recuperar parte de la normalidad que a él le arrebataron. Su historia y las de las once valientes mujeres que se jugaron su existencia protegiéndolo, merece ser contada y recordada.

Fuentes consultadas

La Prensa. 3 de marzo de 1935 p5

TORBADO, J. y LEGUINECHE, M. (1978): Los topos. Editorial Argos. p95-100

Media vida escondido en un zulo. La Provincia: https://www.laprovincia.es/las-palmas/2020/09/14/media-vida-escondido-zulo-10675544.html

González-Sosa, Pedro. 33 años oculto en su casa. El Eco de Canarias. 20 de abril de 1969 p24-25

España Republicana. 1 de mayo de 1969 p5

Bienmesabe: Revista digital, 19 de mayo de 2013. p6